martes, 4 de diciembre de 2012
Lucha libre: la máscara de mi catarsis
Torreón, MÉXICO
Escrito por Jaime Muñoz Vargas
Mi gusto por la lucha libre se pierde, nebuloso, en los orígenes de mi memoria. Puedo asegurar que desde siempre la he tenido cerca, como una sombra juguetona en mi vida y en mi memoria.
Nací en Gómez Palacio y viví allí, sospecho, la edad más importante: mi niñez. Exactamente en la adolescencia, a los 13 años, di el salto a Torreón, un salto en apariencia pequeño pero en realidad muy grande si consideramos que casi desde siempre el desarrollo económico, deportivo y cultural de Torreón ha sido el más saliente de La Laguna.
Pero decía que mi infancia fue gomezpalatina, y que la casa de la avenida Madero que me vio pasar de bebé a puberto, estaba ubicada a media cuadra de un cine. Sí, a media cuadra de mi casa había un cine, y eso fue determinante en mi adicción por la fantasía, por la narración de historias en cualquier soporte.
El cine Elba, así se llamaba el bodegón que fue casi parte de mi primer hogar, pasaba sin excepción películas de luchadores. Imaginen esto: el cine de Santo estaba en su momento de mayor difusión y yo tenía una sala a pocos metros de mi casa, así que sin remedio pude ver todas las hazañas fílmicas del Enmascarado de Plata, su delirante lucha por la justicia en un mundo lleno de seres tan malévolos como disparatados.
Confieso que de niño no advertí las exuberantes anomalías y los atropellos a la lógica de esas películas. Eso lo descubrí después, así que fui uno más entre los miles de pequeños alelados y suspensos ante la atlética bondad del encapuchado frente a la ojetez sin orillas de unos villanos que con toda razón recibían su sistemático merecido al final de cada enredo.
Yo era adolescente cuando el Santo comenzó a filmar todo en color, así que junto con la decadencia del cine luchalibrístico se dieron mis primeras muestras de escepticismo en todos los sentidos. Por ejemplo, y luego de un breve tránsito por la fe, descreí de dios. Otros asuntos atraparon mi atención (el futbol, los libros, la vagancia con los amigos y el deseo siempre trastabillante de agenciarme alguna chica), pero el gusto por la lucha en vivo o en película se mantuvo allí, en una parte infantil y oculta de mi corazón.
Durante muchos años, de los 15 a los 35, digamos, fui un fan intermitente de la lucha. El tema me interesaba por su flanco cultural, y en sobremesas siempre hice lo que pude para defenderlo, para decir -así o de cualquier otra manera- que es el deporte-teatro más arraigado en el imaginario mexicano. En ese largo paréntesis pude haber ido muy de vez en cuando a la arena, a ver luchas en vivo, pero nunca lo hice con regularidad de aficionado contumaz.
A mis 30 y tantos, cuando yo ya estaba cerca de los 40, estreché mi amistad con Raymundo Tuda, analista político y productor de televisión, quien se convirtió en mi cómplice como fan intransigente de la lucha. A Ray lo conozco desde 1982, pues él iba uno o dos años antes que yo en la carrera de Comunicación dentro de la misma escuela, el ya desaparecido Iscytac; desde entonces nos hablamos bien, pero nuestra verdadera amistad se fortaleció allá por el 2000 ó 2001, cuando comenzamos, sin premeditarlo, a llamarnos cada jueves para acordar una visita al mejor pancracio de la Comarca Lagunera: la Arena Olímpico Laguna de Gómez Palacio. Durango.
Ray y yo tenemos intereses y visiones muy distintos, pero también algunas gratas afinidades: a ambos nos gusta la política nacional (no tanto la local), la música pop en español de los 70, poca literatura, el gusto casi enfermizo por la gastronomía callejera de la región y, lo supimos in situ, la lucha libre como espacio ideal para el relajo.
Sin falta, jueves tras jueves durante al menos una década nos apersonamos con boleto pagado en la arenita de Gómez Palacio para ver luchas, para cenar y para gritar misceláneas tonterías que muchas veces se relacionaban menos con los combates en el cuadrilátero que con la política y la información coyuntural. La lucha era pues el pretexto para conversar y mostrar acervo noticioso, malicia literaria, destreza para el albur y otras tantas variadas habilidades en materia de estentórea ramplonería. El caso es que no fallábamos y cuando por alguna razón no se daba la visita, creo que ambos resentíamos la falta.
Nací en Gómez Palacio y viví allí, sospecho, la edad más importante: mi niñez. Exactamente en la adolescencia, a los 13 años, di el salto a Torreón, un salto en apariencia pequeño pero en realidad muy grande si consideramos que casi desde siempre el desarrollo económico, deportivo y cultural de Torreón ha sido el más saliente de La Laguna.
Pero decía que mi infancia fue gomezpalatina, y que la casa de la avenida Madero que me vio pasar de bebé a puberto, estaba ubicada a media cuadra de un cine. Sí, a media cuadra de mi casa había un cine, y eso fue determinante en mi adicción por la fantasía, por la narración de historias en cualquier soporte.
El cine Elba, así se llamaba el bodegón que fue casi parte de mi primer hogar, pasaba sin excepción películas de luchadores. Imaginen esto: el cine de Santo estaba en su momento de mayor difusión y yo tenía una sala a pocos metros de mi casa, así que sin remedio pude ver todas las hazañas fílmicas del Enmascarado de Plata, su delirante lucha por la justicia en un mundo lleno de seres tan malévolos como disparatados.
Confieso que de niño no advertí las exuberantes anomalías y los atropellos a la lógica de esas películas. Eso lo descubrí después, así que fui uno más entre los miles de pequeños alelados y suspensos ante la atlética bondad del encapuchado frente a la ojetez sin orillas de unos villanos que con toda razón recibían su sistemático merecido al final de cada enredo.
Yo era adolescente cuando el Santo comenzó a filmar todo en color, así que junto con la decadencia del cine luchalibrístico se dieron mis primeras muestras de escepticismo en todos los sentidos. Por ejemplo, y luego de un breve tránsito por la fe, descreí de dios. Otros asuntos atraparon mi atención (el futbol, los libros, la vagancia con los amigos y el deseo siempre trastabillante de agenciarme alguna chica), pero el gusto por la lucha en vivo o en película se mantuvo allí, en una parte infantil y oculta de mi corazón.
Durante muchos años, de los 15 a los 35, digamos, fui un fan intermitente de la lucha. El tema me interesaba por su flanco cultural, y en sobremesas siempre hice lo que pude para defenderlo, para decir -así o de cualquier otra manera- que es el deporte-teatro más arraigado en el imaginario mexicano. En ese largo paréntesis pude haber ido muy de vez en cuando a la arena, a ver luchas en vivo, pero nunca lo hice con regularidad de aficionado contumaz.
A mis 30 y tantos, cuando yo ya estaba cerca de los 40, estreché mi amistad con Raymundo Tuda, analista político y productor de televisión, quien se convirtió en mi cómplice como fan intransigente de la lucha. A Ray lo conozco desde 1982, pues él iba uno o dos años antes que yo en la carrera de Comunicación dentro de la misma escuela, el ya desaparecido Iscytac; desde entonces nos hablamos bien, pero nuestra verdadera amistad se fortaleció allá por el 2000 ó 2001, cuando comenzamos, sin premeditarlo, a llamarnos cada jueves para acordar una visita al mejor pancracio de la Comarca Lagunera: la Arena Olímpico Laguna de Gómez Palacio. Durango.
Ray y yo tenemos intereses y visiones muy distintos, pero también algunas gratas afinidades: a ambos nos gusta la política nacional (no tanto la local), la música pop en español de los 70, poca literatura, el gusto casi enfermizo por la gastronomía callejera de la región y, lo supimos in situ, la lucha libre como espacio ideal para el relajo.
Sin falta, jueves tras jueves durante al menos una década nos apersonamos con boleto pagado en la arenita de Gómez Palacio para ver luchas, para cenar y para gritar misceláneas tonterías que muchas veces se relacionaban menos con los combates en el cuadrilátero que con la política y la información coyuntural. La lucha era pues el pretexto para conversar y mostrar acervo noticioso, malicia literaria, destreza para el albur y otras tantas variadas habilidades en materia de estentórea ramplonería. El caso es que no fallábamos y cuando por alguna razón no se daba la visita, creo que ambos resentíamos la falta.
Hacia 2010 todo se puso no mal, sino
muy mal en nuestra comunidad. Antes, durante noches y noches, o a
cualquier hora, La Laguna era una arcadia asombrosa por su tranquilidad.
En muy pocos sitios de la Comarca había sensación de verdadero peligro,
tanto que me recuerdo en lugares que hoy no pueden ser visitados por la
sencilla razón de que ya los cerraron a punta de balazos o por la obvia
y asustada falta de clientela. Mis libros "Leyenda Morgan" y "Parábola
del moribundo", ambos harto noctámbulos, dan una idea -mi idea- de lo
relativamente edénico que era la noche lagunera hasta que comenzaron los
arponazos de la violencia sin patas ni cabeza.
El
nuevo escenario limitó toda andanza callejera a ciertos sitios y en
ciertos horarios. Zonas antes muy socorridas se convirtieron de golpe en
franjas ajenas a toda noción de paz. A las nueve de la noche, muchos
lugares de la Comarca, por no decir todos, acusaron un toque de queda
tácito y la sensación cortazariana de que la casa estaba tomada por
desconocidas y fatídicas presencias.
Tal
fue la razón por la que, pese a nuestro mutuo interés por el tema de la
violencia y la política, Ray y yo comenzamos a ausentarnos de la lucha.
Asistíamos tres jueves de cada mes, luego dos, luego uno, luego cada
dos meses, y así hasta que un jueves fuimos por última vez, hace como
cinco meses. Junto con eso, a ambos nos cayeron chambas de las que
devoran todo el tiempo, y eso agudizó nuestro ausentismo de la querida
Arena Olímpico Laguna.
En
las semanas recientes he vuelto solo y en la butaquería me topo con
amigos creados en ese espacio (Saúl Bonilla, Juan Carlos Cárdenas,
Enrique Diosdado, el Tulín Dajda…), pero sé que en este momento no es
prudente salir a medianoche de la función en Gómez Palacio y atravesar
su lóbrega zona industrial para llegar a Torreón. Hay algo de desafío en
eso, pero también, para mí, el deseo de no abandonar uno de los pocos
gustos multitudinarios que conservo intacto.
La lucha libre, un deporte con muchos seguidores.
Ahora bien: dije “multitudinarios” y la verdad no es para tanto.
Toda actividad nocturna celebrada en La Laguna, entre las pocas que
sobreviven, ha perdido público. La lucha de la AOL no es la excepción, y
si ya de por sí muy pocas veces la arena se llenaba, con la nueva
situación se han dado allí funciones con menos de 50 espectadores en la
gradería.
No
me gusta, es cierto, que luzca tan sola, pues eso significa pocas
ganancias para quienes viven del negocio, pero tampoco me agrada que
esté a tronar, pues así todo es más incómodo, se atesta de villamelones y
hasta ir al baño se torna complicado. La arenita me gusta como la he
visto casi todos los jueves: a medio gas, con un número regular de
público dividido entre los asiduos y los recién llegados.
¿Y
qué demonios me atrae de esa farsa? No sé bien qué, sólo sospecho que
allí me siento a gusto, me tomo un par de cervezas y grito dos o tres
sandeces que parecen tuits sonoros, lo que me desahoga.
Alguna vez fui a la lucha triple A, pero confieso que no me gustó, que para mí la lucha más eficaz desde el punto de vista cultural es la que parte del barrio, la que ejercen jóvenes que viven permanentemente a medio camino entre el amateurismo y un conato de profesionalidad. Esa lucha está plagada de pifias, de tropiezos, de malas actuaciones, pero también me parece auténtica, digna de ser mirada con simpatía por lo que tiene de amor al arte y no al dinero.
Alguna vez fui a la lucha triple A, pero confieso que no me gustó, que para mí la lucha más eficaz desde el punto de vista cultural es la que parte del barrio, la que ejercen jóvenes que viven permanentemente a medio camino entre el amateurismo y un conato de profesionalidad. Esa lucha está plagada de pifias, de tropiezos, de malas actuaciones, pero también me parece auténtica, digna de ser mirada con simpatía por lo que tiene de amor al arte y no al dinero.
No
sé cuánto tiempo más seguiré yendo, pero sé que ese humilde espectáculo
ya es parte de mi experiencia vital. En el polvoriento ring, en esas
butacas de doloroso acero, entre risas y gritos desaforados, frente a
máscaras con poca o nula historia y cabelleras que se ganan la vida -no
en el cuadrilátero, sino en oficios simples- he hallado una especie de
sosiego, la necesaria ración de drama histriónico que todo buen espíritu
requiere para sentirse, creo, semanalmente equilibrado.







