viernes, 4 de enero de 2013

Crisis a la italiana

Reporteras de Guardia

Siguen las manifestaciones en Italia contra la crisis.

Milán, ITALIA
Escrito por Cynthia Rodríguez






La crisis a la italiana sabe a rancio mezclada con desesperación.

Desde que en toda Europa explotó la crisis económica, los italianos -conocidos en todo el mundo por su buen comer- comenzaron a apretarse el cinturón y a comprar los productos en oferta de los supermercados, esos que están por caducar y cuestan un 20 o hasta un 30 por ciento menos.

“Ir a hacer la despensa, desde hace mucho, para nosotros ya no es ningún placer. Mire lo que estoy comprando... pollo que si no lo consumimos hoy, mejor lo tiramos. Un paquete de pasta, estos tomates y un poco de leche porque tengo que tomar calcio”, dice Valentina N, una señora de 72 años y que deja ver el contenido que ha metido a su bolsa de tela que lleva para no gastar en las que vende el propio supermercado.

Los últimos informes señalan que en el último año, la pobreza extrema creció tres puntos porcentuales, del 26 por ciento subió al 29.

La cajera interviene apenas se da cuenta que se habla de la crisis, y dice que así ya son todos los días, desde hace mucho.

“A diario vemos desfilar a personas de todas las edades comprando muchas veces lo indispensable, lo más barato, o lo que puede llenar más en cada comida. A mí me da una pena, pero no podemos hacer más beneficencia de la que se hace”, así llama Alice, la cajera, a las ofertas del día.

Alice en realidad es licenciada en Relaciones Internacionales. Explica que llevaba más de dos años buscando trabajo en su ramo, pero todo fue inútil. “No hay trabajo”. Probó, como muchos jóvenes en este país, la experiencia de los call-centers, pero no aguantó más de ocho meses.

“No soportaba repetir las mismas cosas durante ocho horas al día al teléfono. Me sentía una máquina, una grabadora que repetía un mismo mensaje mil veces al día. Salía con horribles dolores de cabeza y lo peor es que mi autoestima estaba por los suelos”.

“No es que este empleo sea lo máximo, mi contrato es igual que tenía contestando teléfonos, de ‘precaria’ (así le llaman aquí a los trabajadores eventuales), pero al menos ves gente, platicas, los ves a la cara, aunque últimamente ves mucha tristeza y desesperación”, dice la joven que como muchos ya prefiere no soñar y mejor se concentra en registrar los pocos productos del nuevo cliente que acaba de llegar.

En Italia los contratos cortos son desde hace ya varios años, la moda, lo cotidiano. Rara es la empresa que quiera hacer compromisos largos con sus trabajadores. Casi todas, lo máximo que ofrecen son contratos a tiempo determinado que varían de los tres a los seis meses.

Quien consigue contratos de un año, se puede sentir afortunado.

Una estación de paros


Imágenes de personas en precaria situación se van haciendo comunes en Italia.
Con el frío invernal han llegado las huelgas y los paros en todo el país. A diario hay manifestaciones que atraviesan desde Sicilia hasta Lombardía.

Los trabajadores y estudiantes salen a las calles en señal de resistencia. En las últimas dos semanas no ha habido un día sin manifestaciones en alguna ciudad del país.

Los transportistas también protestan, pero reduciendo el servicio en trenes, autobuses y hasta aviones, contra los recortes que el, ya no tan nuevo, gobierno de Mario Monti ha hecho en varios rubros.

“Decían que hasta en las escuelas iban a quitar la calefacción para ahorrar, ¿se imagina? ¡Pobres niños!”, expresa Alberto Agostini en una parada de autobús afuera de la Estación Central de Milano, mientras espera el próximo camión.

Ahí, en esa esquina de la ciudad de Milán, ya se han acumulado muchas personas que no dejan escapar ninguna oportunidad para quejarse de los políticos, a quien culpabilizan de su propia ruina.

“Los pobres eran los migrantes, no nosotros”, se queja amargamente otra señora que no le quita la mirada a un par de señores italianos con los abrigos rotos.

Y quizá tenga razón. A ellos, los ciudadanos autóctonos ya los alcanzó la crisis, pero sobre todo, es cada vez más visible.

“¿Ya pasó lo peor?”.

Por eso, cuando el 24 de noviembre pasado Mario Monti dijo en entrevista televisiva que “lo peor de la crisis ya había pasado”, pocos italianos supieron en realidad a lo que se refería.

“En marzo pasado”, explicó en un programa de la RAI, “Europa estaba en una situación de grandísima incertidumbre, de esa fecha a hoy se ha decidido dar préstamos; hay un pacto europeo para el crecimiento que ha dado lugar a tasas de interés menos fuertes”.

Durante los primeros meses de 2012 los periódicos de todo el país daban cuenta de lo que parecía ser un fenómeno más de la crisis en Italia: los suicidios entre pequeños y medianos empresarios.

Escenas como ésta se han dado en las calles de Italia, donde aumentan los suicidios con motivo de la crisis.
Eran los últimos días de noviembre y para Monti las aguas iban tomando su cauce, pues mientras para el todavía primer ministro, la situación de mayor incertidumbre económica se ha superado en lo general, trabajadores, amas de casa, estudiantes, ancianos y jóvenes ven en su particular cómo la crisis los sigue golpeando sin tregua.

Las últimas cifras que el Istat (Instituto Nacional de Estadística en Italia) dio a conocer apenas el 30 de noviembre, señalan que la tasa de desempleo volvió a superar todos los récords desde 1994. En este país hay 2,9 millones de personas sin trabajo.

La situación para los jóvenes se agrava, pues uno de cada tres no encuentran trabajo y tampoco están estudiando. Son los nuevos “ninis” en esta parte del mundo que ya suman 640 mil.

Hoy, que en Italia la política es una inseguridad absoluta (a principios de diciembre Berlusconi anunció que se volvería a candidatear y Monti anunció que renunciará a fin de mes) la crisis vuelve a ser bandera política.

Sabor a caridad


En esta ciudad, considerada como la de mayor poder adquisitivo de todo el país, se encuentra la Opera San Francesco. Un albergue que ofrece mil 500 comidas diariamente, consultas médicas gratuitas, la posibilidad de bañarse y recibir un cambio de ropa absolutamente limpio y en buenas condiciones para todos aquellos ciudadanos que lo necesiten.

Ubicado en la zona norte, una de las más ricas de Milán, en este albergue no se puede quedar a dormir. La condición para poder llegar a comer aquí o bañarse es tener una credencial que sólo se las darán si cuentan con permiso de estancia en regla. No se aceptan ilegales.

Los italianos no dejan de participar en protestas contra el gobierno y las medidas económicas de Europa.

“No podríamos, es mucha gente la que llega”, señala Adriana Verone, una de las voluntarias de este centro que abre las puertas cuando el reloj marca las 12:30 del día y las filas ya se cuentan por cuadras.

Opera San Franceso comenzó sus actividades de apoyo a los necesitados desde hace poco más de 50 años, justo en la Iglesia que lleva el mismo nombre (San Francesco). Los flujos migratorios de la década de los 90 ocasionaron que el espacio en la iglesia fuera insuficiente y entonces se construyó el centro.

“Lo curioso, por llamarlo de alguna manera, es que hasta el 2011 los únicos que venían a solicitar un apoyo eran inmigrantes. Hoy el 15 por ciento de todas las personas que llegan a comer, a ver al médico o por algún abrigo y zapatos, son italianos”, asegura Verone.

“Ha sido muy impactante, porque el centro había sido prácticamente un centro de apoyo para los migrantes que recién llegaban y no sabían dónde ir, de dónde comenzar... Además de que por lo regular los migrantes que vienen son jóvenes. En cambio los italianos que vienen son ya grandes, gente que se quedó sin trabajo de un día para otro y con muchas deudas; ancianos cuya pensión no les alcanza, gente que viene a pedir ayuda en una fase final”.

Hoy, que el año 2013 ya comenzó, los saldos de la crisis aún no se resuelven y quedan como pendientes todavía tres factores: las deudas del Estado, el lento crecimiento de la economía y la credibilidad del gobierno.

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