Hoy, en la pluma de:

jueves, 24 de enero de 2013


Soledades III

Tintero
Antonio Quiroz. Un silencio incómodo se percibe durante el desayuno: sentados en los lados opuestos de la pequeña mesa rectangular en la modesta cocina, el viejo y la joven no cruzan miradas, prefieren dirigirlas al huevo revuelto con jamón que hay en sus platos. El reloj en la muñeca del anfitrión marca las seis de la mañana en punto, por lo que el masticar de los sujetos no es especialmente apresurado: aún falta una hora para que inicien sus actividades. Apenas iluminado el departamento por la creciente luz natural, la escena es algo sombría.

— Siento no ayudarte a eludir tus demonios, — interviene el hombre mientras busca los ojos de la niña— es sólo que, ya sabes, si no los tratas ahora te agobiarán hasta que de ti sólo quede una cáscara inerte.

— ¡Menuda sutileza!— contesta sarcástica la chica.

—Lo sé, creo que es lo que más aman mis amigos de mí, de hecho están todos aquí, ¿acaso no los ves y oyes alegrando el ambiente?— revira en el mismo sentido el veterano — Bien, ya me desnudé. Es tu turno.

La adolescente baja la cabeza, cierra los ojos y suelta un profundo suspiro para después reencontrarse con la cara del hombre.

—Mi abuela era una gran persona, una de esas que, aunque su vida se esté derrumbando, fuerza una sonrisa y te cede un poco de esperanza. Ella rompió toda relación con mi madre, no porque esta última le fue infiel a su marido con un turista alemán sino por no hacerse responsable del resultado de sus enredos: yo. La que me parió me culpó, desde que era un feto, de llevarla al divorcio y si no terminé en los residuos orgánicos de una clínica abortista clandestina fue por el ambiente clerical del momento.

A diferencia de muchos de los que conozco en el colegio, mi vida no ha estado llena de risas y mimos, pero hasta ayer por la mañana pensaba: “está bien, soy más fuerte que los demás”. No obstante, cuando fui a avisarle a la persona que había cuidado de mí por quince años que ya era hora de marcharme a la escuela, me di cuenta de que lo que había en la habitación era sólo un cuerpo inerte, lo único que amaba se había ido. En ese instante me di cuenta de lo débil y cobarde que en verdad soy, tanto así que sólo supe salir de ahí y caminar hacia ningún lado, el tiempo pasó y… bueno, heme aquí.

Los labios de la fémina tiemblan mientras de sus ojos salen algunas lágrimas. Con las manos se cubre el rostro y se alcanzan a escuchar algunos sollozos.

—Hay dos tipos de personas —comenta el anciano a la vez que toma una servilleta de las que están apiladas en el centro del tablero para ofrecérsela a la mujer — las que, como los mondadientes, necesitan de muchas otras para sostenerse y las que pueden andar solas. Lo que pasa con las segundas es que constantemente se caen, cuando lo hacen les duele tanto que dudan de su fuerza, se lamentan y se azotan la cabeza contra el suelo hasta que caen en a cuenta de que lo que los hiere en realidad es quedarse tirados.

—Gracias—dice la chica al mismo tiempo que intenta serenarse— Bueno, ¿ahora qué?, digo, soy menor, debemos ir a los servicios sociales, ¿no?

—Si quieres probar suerte con la caridad gubernamental, está bien. Ahora que si lo prefieres, estás en tu casa. —formula propositivo el de las ojeras justo antes de llevarse un último bocado a la boca.

—Se… sería bueno pero… —responde algo confusa la joven.

—Sí, ya sé, sin embargo ya pensaremos luego cómo lidiar con los asuntos burocráticos. Entretanto… es hora de salir…  


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