sábado, 9 de febrero de 2013

Ciento cuarenta caracteres

Liébano Sáenz

Liébano Sáenz. Los desafíos hacia la modernidad están, en mucho, en el terreno de las autoridades y sus políticos, pero también en la sociedad. La democracia liberal supone valores y actitudes en las personas como promotoras profundas del cambio. Por ello es fundamental la manera en que las personas conviven e interactúan, lo que a su vez le da mayor importancia a la tarea crítica de los medios de comunicación como divulgadores del debate en la sociedad y escrutadores del poder, en cualquiera de sus expresiones.

La tolerancia y el aprecio a la legalidad son esenciales para una sociedad libre y abierta. Sin embargo, la primera no puede ser pasiva y, por tanto, traducirse en indiferencia o desdén hacia quien piensa distinto. La segunda implica que las personas se exijan a sí mismas lo que esperan o demandan de otras. El reclamo por la inseguridad y la corrupción pierde fuerza cuando el ciudadano se desentiende de sus propias obligaciones y no cumple con la ley. México ha avanzado en muchos sentidos en las últimas décadas; sin embargo, esto no ha ocurrido en estos dos elementos; hoy tenemos un déficit de ciudadanía que es, seguramente, la mayor debilidad del sistema democrático y del ejercicio responsable de libertades.

La calidad del debate implica vehemencia y pasión para defender y hacer valer lo que uno cree, pero también conlleva la calidad del argumento, el peso de la razón sobre el prejuicio y la capacidad para valorar una postura distinta o, incluso, la contraria. Esto entraña algo que culturalmente no es fácil de aceptar, quizá por nuestra vocación hacia la unanimidad, de matices religiosos: la coexistencia de la diferencia.

La prensa nacional continúa siendo un espacio privilegiado de reflexión en la diversidad; sin embargo, a pesar de su solidez, no es suficiente. También hay que incorporar en este ejercicio a los medios electrónicos, espacio privilegiado en la información y comunicación social para un país más que de lectores, de radioescuchas y televidentes.

Es fundamental que el debate no sea de los mismos y entre los mismos, como si se necesitara que solamente algunos piensen por los demás o como si la opinión de los autoescogidos tuviese un mayor valor que la de los no presentes. Es deseable, además de útil, que los políticos y los llamados líderes de opinión debatan de cara a la sociedad y de manera pública, pero también es necesario que la otra parte, la sociedad, se incorpore a la discusión y que ésta pueda tener lugar sobre muchos de los temas de los asuntos públicos de la vida nacional, la cuales no necesariamente incluyen a las autoridades, a los representantes populares o a los dirigentes políticos. El debate no puede estar secuestrado por la formalidad de la política y los líderes de opinión tradicionales.

Así, lo que ocurre en las redes sociales es un desafío para el ejercicio de la libertad y la reflexión colectiva. En este terreno no aplican los estándares propios de los medios de comunicación tradicionales. Su fortaleza está en lo que a muchos molesta o le critican, y es la “liberalidad” en la expresión y la inexistencia de cánones convencionales de urbanidad, comedimiento y prudencia. Es apasionante advertir que prácticamente toda persona pueda acceder y participar en la conversación, mucho más cuando esto ocurre en la estrechez textual de los ciento cuarenta caracteres.

Lo que es propio de la red es la disidencia, la construcción de consensos precarios y de discusión pública que ocurre en el marco del prejuicio de quienes participan y desafían al orden de cosas en muchos sentidos. En las redes sociales no hay terreno neutral ni prestigio que se salve. No hay razón que valga ni argumento inamovible.

Otra característica o virtud es su inmediatez y la rapidez con la que circulan flujos de información y el diálogo mismo. El tiempo real es lo suyo y en no pocas ocasiones la misma red es el escenario o el protagonista del cambio. De esta forma, la red no solo es un medio privilegiado para participar en el diálogo abierto y dinámico, es una posibilidad para entender una parte de la sociedad y la manera como ésta entiende y participa, tanto de la coyuntura como de la perspectiva.

Con frecuencia veo políticos, entidades públicas y privadas, así como actores relevantes que creen que es un espacio más para divulgar su prédica, cuando en realidad también lo es para escuchar, o ambas. Es más, no siempre se requiere de intercambio, se puede ser espectador privilegiado en la manera como tiene lugar la formación de consenso y disenso. Estimo que para todos es un ejercicio útil y didáctico observar, de manera sistemática y sin prejuicio, lo que ocurre en la red.

Es muy importante no confundir lo que sucede en el espacio de lo virtual con la realidad misma. Lo que allí acontece no es ficción, pero tampoco es representativa de toda la sociedad, mucho más para un país en el que el acceso a la tecnología es una forma más de desigualdad, discriminación y marginalidad. De hecho hay una distancia entre el mundo real y el virtual. El mismo internauta es uno en su condición y otro fuera, en el mundo cotidiano. Aunque también es cierto que el teléfono móvil inteligente multiplica las posibilidades de permanencia y continuidad que lleva a extremos de conducta antisocial por el cambio en las formas de convivencia. Solo para ilustrarlo, ¿cuántos conductores distraen su cuidado por el intercambio de los 140 caracteres con todos los riesgos que eso implica? ¿Cuántos diálogos presenciales se ven obstruidos o interrumpidos por la interferencia del dispositivo móvil?

Ciento cuarenta caracteres son oportunidad y reto. No es toda ni nunca será la forma más relevante de información y comunicación. Pero todo importa, mucho más lo que a muchos llega, no por novedoso ni por su condición aspiracional, sino por sus inimaginables alcances y potencial y, sobre todo, cuando esto ocurre bajo la dictadura de los ciento cuarenta caracteres.

http://twitter.com/liebano 

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