domingo, 10 de febrero de 2013

El ejército federal y la caída de Madero

Facetas Históricas

El ejército federal y la caída de Madero
El día de hoy se cumplen 100 años de que diera inicio un importante suceso en la historia de México conocido como la “Decena Trágica” y que culminó con la muerte del presidente Madero y del vicepresidente Pino Suárez. Ríos de tinta han corrido sobre la forma en que ocurrió el suceso, y se han desatado verdaderas y apasionadas discusiones respecto al desarrollo de los eventos. Sin duda el día de hoy, y los subsiguientes, veremos aparecer en los diversos medios de comunicación artículos y programas referente a este traumático evento. Por ello, y habiendo estudiando el periodo de manera más o menos extensa, comparto con ustedes un texto que originalmente aparece en mi tesis de maestría (titulada Conformación y evolución de las fuerzas armadas porfiristas, 1876-1914), y en el que más allá de hacer un recuento día por día de los acontecimientos de la Decena Trágica, trato de explorar una de las muchas causas que la originaron: el ejército federal que, para esos momentos y hasta su disolución en 1914, fue eminentemente porfiriano. Así pues, espero aportar mi granito de arena a la discusión de tan importante suceso, y pueda ser de utilidad a algún despistado lector.

La actitud conciliadora de Madero fue lo que permitió la supervivencia del ejército, así como de otro tipo de problemas que sellaron el destino de su gobierno. Así, en vez de emprender acciones que condujeran a la demolición del sistema político porfiriano, Madero entró en componendas con las clases dirigentes, lo que provocó que en la práctica se conservaran las instituciones levantadas durante el régimen de Díaz, entre ellas, el ejército. Una prueba de lo anterior fue la toma de posesión como presidente interino de Francisco León de la Barra, un conocido porfirista, quien posteriormente haría entrega de la presidencia a Madero.

Francisco León de la Barra
Francisco León de la Barra

Ante esta situación,

    "El ala radical del movimiento revolucionario le advirtió enérgicamente [a Madero] en contra de cualquier componenda. ‘Las revoluciones son siempre operaciones dolorosísimas para el cuerpo social’, le escribió Luis Cabrera, uno de los intelectuales revolucionarios más prominentes. ‘Pero el cirujano tiene ante todo el deber de no cerrar la herida antes de haber limpiado la gangrena. La operación, necesaria o no, ha comenzado; usted abrió la herida y usted está obligado a cerrarla; pero hay de usted, si acobardado ante la vista de la sangre o conmovido por los gemidos de dolor de nuestra Patria cerrara precipitadamente la herida sin haberla desinfectado y sin haber arrancado el mal que se propuso usted extirpar; el sacrificio habría sido inútil y la historia maldecirá el nombre de usted’. Cabrera conminó a Madero a resolver los problemas económicos y sociales de México, puesto que ‘las necesidades políticas y democráticas no son en el fondo más que manifestaciones de las necesidades económicas.[i]"

A pesar de las numerosas advertencias recibidas por parte de sus seguidores, Madero se desentendió de ellas y prefirió proseguir con su política de conciliación, que en realidad no beneficiaba a nadie, las élites afectadas mostraban descontento por no poder influir de la manera en que lo habían hecho en tiempos de don Porfirio, y los revolucionarios se quejaban de no poder acceder a los puestos de poder y representatividad que debían de ocupar al completarse la pacificación. La situación empeoró cuando aquellos que habían combatido en el lado insurgente miraron atónitos cómo los miembros de las antiguas élites políticas y económicas, continuaban en puestos de poder, en detrimento de los combatientes revolucionarios.

La misma lógica pudo observarse para el caso de las fuerzas armadas. En lugar de desintegrar al ejército porfiriano, contra el que había combatido, y crear un nuevo ejército formado por los insurgentes revolucionarios, Madero se decidió por conservar prácticamente intactas a las fuerzas armadas porfiristas, lo que provocó una gran irritación entre los efectivos revolucionarios de todas las jerarquías, sin mencionar que el ejército porfirista, al ser contrario a los preceptos maderistas, se convirtió en un importante núcleo de conspiraciones que a la larga terminaron por derribar a Madero del poder.

Además de esto, Madero no pareció haber aprendido la lección que él mismo le había dado a Díaz: un ejército pequeño numéricamente no puede combatir una insurgencia generalizada en todo el país. De esta forma, al menos en un principio Madero no implementó cambios en el número de efectivos con que debía contar el ejército federal, lo que dificultó la restauración del orden después de la espiral de violencia que había significado la Revolución.[ii] El mismo Bulnes, que tanto había criticado la política porfirista relativa a la escasa atención dada al ejército, volvió a externar en 1910 que para evitar un “gran desastre social” era necesario disponer de unos 100,000 hombres armados para cuidar de la seguridad del país.[iii]

Para empeorar la situación existente, la prensa de la capital de la República publicó que, aparte de las muertes acaecidas durante la campaña y las continuas deserciones, 6 mil soldados federales se habían dado de baja, lo que habría supuesto un tremendo golpe a la capacidad de acción del ejército.[iv] Tal cantidad de bajas, aunque muy numerosas, podrían ser fácilmente explicadas: durante el régimen del general Díaz se obligó a individuos principalmente de clase baja a servir en el ejército mediante la leva, situación que se veía agravada por los malos tratos y el paupérrimo salario que apenas alcanzaba para el sustento diario y que en muchas ocasiones eran retenidos por los oficiales y jefes. Cuando las condiciones cambiaron con el triunfo de la Revolución, y se permitió abandonar las filas de la milicia a los que lo desearan, la reacción hubo de ser lógica: aquellos que habían sido retenidos en contra de su voluntad, debieron de optar por abandonar la vida militar y regresar con sus familias aunque, desde luego, existieron excepciones, pues como lo narra Urquizo en su novela Tropa Vieja[v], muchos soldados se habían hecho ya a la “mala vida del cuartel”, por lo que prefirieron seguir enganchados y tratar de escalar puestos, antes que regresar al campo, a un trabajo y forma de vida ahora incierta.

Ante estos inconvenientes y a escasos cuatro meses de haber ascendido al poder, en marzo de 1912, Madero se dio cuenta de que se encontraba en una posición casi insostenible, por lo que hizo un llamado a la población para que lo auxiliara a combatir la rebelión que se había extendido por los estados de Morelos, Chihuahua, Durango, Zacatecas y Coahuila:

    "Invito, pues, a los mexicanos que deseen cooperar para la defensa del gobierno emanado del voto popular, para que se enrolen en las filas de ese glorioso ejército, para perseguir a los enemigos del orden y la paz pública, para hacer respetar la voluntad nacional y para que, empuñando la espada de la ley, la hagan caer con todo el peso sobre los malos hijos de la Patria. Así será una segura garantía de orden y tranquilidad, a fin de que la república mexicana, libre ya del yugo de la tiranía, no vaya a ser presa de la anarquía ni del bandidaje, y pueda desenvolverse serena y grandiosamente, por el sendero de la libertad, dentro de la ley, base inamovible de la democracia."

Adicionalmente, el gobierno de Madero trató de establecer una política que reformara y aumentara al ejército. Se tomaron medidas para establecer en 60,000 mil el límite de hombres que debería de tener la institución armada, y se introdujeron modificaciones en la Ley Orgánica del Ejército con el objeto de mejorar la distribución de los soldados, del material de guerra, de mejorar la telegrafía inalámbrica y la exploración aérea y terrestre.[vi]

Para Katz, la conservación del viejo ejército federal obedeció a la necesidad de parar los movimientos campesinos que con la efervescencia revolucionaria se habían salido de control, y que demandaban una reforma agraria inmediata,

    "esta decisión, sin embargo, fue la que más irritó incluso a aquellos miembros de las clases medias y altas que en los demás aspectos estaban de acuerdo con él. Muchos de los maderistas venían del norte del país y no se sentían amenazados ni se sentían afectados en mayor medida por las demandas campesinas; no entendían la tenacidad con que Madero se aferraba al viejo ejército federal y le advirtieron repetidas veces sobre el peligro mortal que implicaba su conservación. ‘Dejar en pie al ejército federal en los momentos en que entran en acción los elementos no desaparecidos del antiguo régimen y hacer desaparecer las fuerzas revolucionarias, es tanto como abrir el camino y la victoria a la reacción’. Pero Madero se negó a escuchar estos consejos. Hasta el último día en que se mantuvo en su cargo, cuando fue asesinado por oficiales de ese mismo ejército, Madero lo consideró como piedra angular de su régimen. Con su ayuda había tratado de librar una batalla en dos frentes simultáneos, contra los revolucionarios radicales que exigían cambios sociales, por una parte, y contra los conservadores que intentaban recuperar el poder absoluto que habían detentado durante tanto tiempo, por la otra.[vii]"

Pero además de los propios movimientos rebeldes surgidos en el país, el mismo ejército revolucionario se había convertido en un serio peligro: sus efectivos se paseaban por las poblaciones exigiendo favores a los comerciantes, su tamaño llegó a ser tan grande que exigía la erogación de un millón de pesos mensuales para su mantenimiento y, más importante, eran instigadores de desórdenes y abusos en contra de las autoridades establecidas, razones que ayudaron al gobierno maderista optar por conservar al antiguo ejército porfirista, mejor armado, instruido y organizado, dejando a lo excombatientes revolucionarios con la posibilidad, a modo de recompensa, de ingresar a la policía rural de la federación, donde también cometieron desmanes.[viii]

Como lo afirma Katz, Madero consideró al ejército como piedra angular en su gobierno, por lo que se preocupó por mejorarlo y moralizarlo, aunque con escaso éxito, no obstante lo cual hizo considerables esfuerzos por reivindicar a dicha institución. Así, el presidente decretó el 24 de noviembre de 1911[ix] una reforma en el modo de realizar el reclutamiento, pues se consideraba que el sistema de alistamiento no se encontraba acorde al “adelanto actual” de las instituciones de la nación. Además de que la ley de 28 de mayo de 1869 y la propia Ordenanza General del Ejército ya determinaban que el reclutamiento debía ser mediante sorteo y voluntariamente, disposiciones que en más de una ocasión se habían ignorado durante el gobierno del general Díaz para privilegiar el método de la leva. Por la anterior situación, que causaba grandes perjuicios al ejército, y mientras se expedía la ley de servicio militar obligatorio, se hacían del conocimiento de la ciudadanía mediante este decreto ocho artículos dirigidos a mejorar la obtención de reemplazos para la tropa del ejército.

Reglamento provisional para el sorteo y operaciones de reclutamiento relativas
Reglamento provisional para el sorteo y operaciones de reclutamiento relativas
El primero mencionaba que los estados, el distrito y territorios federales deberían entregar cada año un contingente de hombres correspondiente al uno por millar del censo de población. El artículo 2° hacía recaer sobre los gobernadores de los estados y los jefes políticos de los cantones o distritos, la responsabilidad de llevar a cabo los sorteos bajo los reglamentos respectivos. El artículo 3º especificaba las características de los reclutas y la duración del servicio en el ejército: contar entre 18 y 22 años de edad, ser solteros, de buena conducta y servir en el ejército permanente dos años, al término de los cuales pasarían a servir tres en la reserva. El artículo 4º se ocupó de la verificación del sorteo, el cual debía llevarse a cabo simultáneamente en todas las poblaciones de la República el día 1 de diciembre de cada año, para que los contingentes sorteados comenzaran su servicio el 1 de enero del año siguiente. El artículo 5º estableció la admisión de voluntarios, siempre que satisficieran las condiciones físicas, morales e intelectuales exigidas para el buen servicio de las armas. Sobre la posibilidad de admitir reemplazos que sustituyeran a las personas que salieran sorteadas trata el artículo 6º , siempre y cuando el mencionado reemplazo diera garantías a satisfacción de la autoridad militar y no tuvieran más de cuarenta y cinco años de edad. Sobre la forma de reglamentar y proceder del sorteo y dar instrucción a las reservas del ejército se ocupa el artículo 7º, así como de las condiciones que debían de satisfacer los voluntarios y la manera de darse de baja de los contingentes militares. Finalmente, el artículo 8º sólo hizo referencia a la invalidez de toda ley o decreto anterior a éste.

Mediante el decreto anterior Madero trató de mejorar la aceptación al reclutamiento por parte de la población al respetar las leyes y eliminar el agravio que durante los años del Porfiriato significó la leva y, con ello, regenerar la composición de la tropa, que era la base del ejército y la que, en términos prácticos se jugaba la vida en las campañas que en ese momento se estaban dando para someter a los descontentos en diversos puntos del país.

Un par de meses más tarde, el 6 de enero de 1912, se puso en vigor el Reglamento provisional para el sorteo y operaciones de reclutamiento relativas,[x] cuya meta era establecer, como su nombre lo indica, un reglamento provisional que diera un marco legal más coherente y sólido a esta reforma del ejército, así como mayor información en lo correspondiente a la forma de llevar a cabo el reclutamiento, las autoridades encargadas de hacerlo, el modo en que habría de hacerse, y las condiciones que debían de cubrir los aspirantes.

Dicho reglamento proyectaba la creación de tres órganos administrativos que se encargarían de regular la cuestión del alistamiento de efectivos: la Oficina Central de Reclutamiento, ubicada en la Secretaría de Guerra y Marina; la Comisión de Reclutamiento, que se encontraría en cada una de las capitales de los estados, distritos y territorios federales; y la Junta Municipal de Reclutamiento, que tendría presencia en cada una de las municipalidades de las entidades federativas.

Así, se procedería a una mejor organización de las tareas administrativas conducentes a una optimización del reclutamiento. La Oficina Central tenía entre sus tareas proponer al secretario de Guerra la distribución del contingente según los censos e informes de autoridades locales; reunir y clasificar los expedientes remitidos por las Comisiones de reclutamiento, a fin de realizar la estadística de los contingentes; reunir y clasificar datos sobre la población de las entidades y su repartición en el territorio, su división política y todos la información que pudiera servir para perfeccionar las operaciones de reclutamiento; proponer la repartición de los reclutas en los diversos cuerpos del ejército, así como todo lo conducente a las bajas; y por último, debía plantear la manera de revistar, instruir y reunir los contingentes de reserva.

En cuanto a las tareas del segundo órgano, la Comisión de Reclutamiento, tenemos que debía establecerse en las capitales de cada uno de los estados, distrito y territorios federales, y estar compuestas por un jefe del ejército nombrado por la Secretaría de Guerra, un miembro civil designado por el gobierno de la entidad correspondiente, un oficial asignado por la Secretaría de Guerra y uno o más médicos militares. Además, debían de repartir el contingente que correspondiese otorgar al estado entre las municipalidades en que se divida según su población, teniendo en cuenta las instrucciones e intereses del gobierno local; comunicar el número de hombres requeridos por el despacho de Guerra a los presidentes municipales que deban encargarse del sorteo; resolver las controversias suscitadas en la municipalidad con motivo del sorteo; reunir en la fecha y lugar designada el contingente sorteado y entregarlo a los jefes u oficiales nombrados para tal efecto; llevar un registro general de jóvenes que cumplen la edad requerida para entrar al servicio, así como llevar el registro del contingente suministrado, reemplazantes y voluntarios, exceptuados, excluidos, aplazados y aptos; formar un expediente duplicado del sorteo para ser remitido a la Secretaría de Guerra; recoger el mayor número de datos estadísticos, geográficos, de población y demás que pudieran servir para perfeccionar las operaciones de reclutamiento; extender boletas a todos los exceptuados, voluntarios, sorteados, etc., para que puedan tener comprobantes de su estatus; y remitir a las Juntas Municipales los reglamentos, formularios, folletos, etc., para que llenen su cometido y puedan aclarar todas las dudas que puedan presentarse.

En cuanto al tercer órgano mencionado, la Junta Municipal de Reclutamiento, debía de existir —como su nombre lo indica— en cada municipalidad del país, y estaría encargada de hacer el empadronamiento de los jóvenes que cumplieran con la edad requerida para ingresar al servicio, resolver quienes de ellos estaban en condiciones para tomar parte en el sorteo y quienes no, verificar el sorteo y reunir y presentar a los designados por la suerte en el lugar y fecha señalados. Cada Junta Municipal debía de estar constituida por el presidente municipal, el juez de letras, dos vecinos honorables y un munícipe designado por el presidente, y debían de encargarse de formar la lista general de todos los jóvenes que cumplan la edad requerida para el servicio de las armas y darle publicidad a dichas listas; recibir, estudiar y resolver las demandas de exención legal del servicio; formar las listas de sorteables; verificar el sorteo, realizar los exámenes médicos correspondientes y notificar resultados; designar los conscriptos que debían de prestar el servicio; resolver sobre las demandas de reemplazo; formar una lista del contingente de la municipalidad y su conducción a la Comisión de Reclutamiento; y aprehender a los individuos que trataran de sustraerse al sorteo.

A este reglamento se sumó el “aviso de reclutamiento” (imágenes de abajo), expedido probablemente durante el mismo mes de enero de 1912,[xi] en el que se expresaba que, de conformidad con el ya mencionado decreto expedido por Madero, todos los jóvenes mexicanos que hubiesen cumplido de 18 a 22 años de edad en el curso de 1911 debían de presentarse a la Junta Municipal de Reclutamiento el día 1 de marzo de 1912, para tomar parte en el sorteo.


Todas las disposiciones anteriores dan cuenta de al menos dos cuestiones bien importantes: la primera es la urgencia con que Madero trataba de reclutar efectivos ante el endurecimiento y la propagación del descontento derivado de las promesas incumplidas a muchos revolucionarios. Una segunda cuestión es el interés puesto por el presidente en tratar de moralizar y dotar al ejército con un núcleo de soldados que se caracterizaría por la legalidad en la forma de haber sido reclutados, así como en las “buenas costumbres” de dichos efectivos, pues se encontraban exceptuados del servicio aquellos que estuvieran suspensos de sus derechos políticos, así como aquellos conocidos por sus malos hábitos. Con esto, se trataba de dar un giro radicalmente opuesto a lo que había sido la regla durante el Porfiriato: el alistamiento de los más “funestos” miembros de la sociedad para que, una vez en el cuartel, obtuvieran cierta educación y, en el caso de los indígenas, aprendieran también el español.

A pesar de estos esfuerzos, el reglamento de reclutamiento había sido elaborado prácticamente “al vapor”, por lo que varios de sus artículos ofrecían diversas maneras a los individuos de suficientes recursos económicos de sustraerse del servicio de las armas. Así lo afirmó E. O. de Zárate, quien publicó en la Revista del Ejército y Marina ciertas reflexiones en las que abordaba precisamente el método de reemplazos para aquellos jóvenes que pudieran pagarlo.[xii] De esta manera, Zárate aseveró que dicho sistema no podía sino perjudicar a la institución armada, ya que aquel que se vendía para ser reemplazo de otra persona era alguien de muy poco valer, pues de otra forma no se habría convenido servir de reemplazo. Zárate dice al respecto:

    "a nadie se le oculta que esa facilidad de eximirse del servicio militar mediante un reemplazo, es la válvula de seguridad que permitirá aplicar sin grandes trastornos la ley de que estamos ocupándonos, y si tenemos en cuenta que el número de los individuos degenerados que quieren vivir sin trabajar y que se imaginan que en el ejército no se trabaja, es más numeroso de lo que se supone; a esos individuos no les preocupa el porvenir, y con tal de dilapidar el dinero del reemplazo comprometen su libertad fácilmente; esos no son solamente malos soldados, sino que constituyen un elemento corruptor.[xiii]"

Además de la cuestión de los reemplazos, la ley marcaba una diversidad de motivos mediante los cuales los individuos candidatos a participar en el sorteo de reclutamiento, podían eximirse del mismo. Entre los exentos por la ley tenemos: aquellos que estuvieran suspensos de sus derechos ciudadanos por auto motivado de prisión o por sentencia judicial; los que padezcan enfermedades crónicas, contagiosas o imperfección orgánica que impida el manejo de las armas; cuando sean sostenes indispensables de familia; los que sean hijos de propietarios rurales y cuando constituyan la ayuda única e indispensable para la administración o explotación de la propiedad; cuando sean hijos de propietarios de fábricas y establecimientos industriales; individuos que estén en posesión de bienes raíces, establecimientos industriales o casas de comercio si viven de la explotación de ellas y cuya administración no pueda asegurarse de otro modo; alumnos de escuelas oficiales; estudiantes de seminarios; los casados; los que tengan una carrera profesional y se encuentren ejerciéndola.

Como es posible apreciar, la exención del servicio abarca una amplia gama de la sociedad mexicana, pero es menester poner atención en los puntos referidos a los hijos de propietarios, pues si bien es cierto que en multitud de ocasiones su presencia debía de ser requerida para la explotación y administración de tales bienes, es igualmente cierta la posibilidad de mentir sobre dicha necesidad o simple y sencillamente hacer uso de la corrupción y sobornar al o los encargados de levantar los censos de jóvenes aptos para el servicio.

De esta manera se hace alusión a la escasa moralidad de los reemplazos que se venden, lo cual dio lugar al aglomeramiento en el ejército de soldados inútiles e inmorales, además de que fomentaba la pereza de aquellos que contaban con los recursos para pagar por un reemplazo, lo que no puede ser considerado, bajo ninguna circunstancia, como una acción patriótica, problema que debía ser solucionado en subsecuentes leyes y reglamentos.

Como ya se mencionó anteriormente, el interior del ejército federal se convirtió en el seno de conspiraciones que buscaban el derrocamiento de Madero, lo que fue agravado por su “esfuerzo por despertar y cultivar sentimientos patrióticos en la población mexicana”,[xiv] que culminó en su intención de introducir el servicio militar obligatorio, lo que le ganó la hostilidad estadounidense, sin mencionar a las gavillas de bandidos formados por ex revolucionarios, quienes se convirtieron en un importante factor que favoreció la caída de Madero.

Pero para abundar en lo relativo a las conspiraciones nacidas del seno de la institución militar, es conveniente referirse a algunas de ellas. La primera fue la protagonizada por el militar reformador del ejército entre 1900 y 1902: Bernardo Reyes, quien después de regresar del exilió al que había sido sometido por Díaz, y ante el fracaso del partido reyista, decidió llevar a cabo un movimiento armado que reivindicara las —según él— verdaderas aspiraciones de los mexicanos. Así, el 13 de diciembre de 1911 Reyes cruzó la frontera hacia Nuevo León, donde después de tímidas escaramuzas se rindió a las tropas federales. Los motivos del fracaso de Reyes son diversos. El primer factor fue que los preparativos para el levantamiento no fueron nada discretos, tanto, que el gobierno mexicano pudo reunir pruebas de sus actividades y remitirlas a las instancias federales del gobierno de Estados Unidos, quienes tomaron cartas en el asunto, provocando que incluso el gobernador de Texas y un sheriff del mismo estado que se habían mostrado favorables a su causa, tuvieran que pedirle saliera de territorio texano o se procedería a su deportación. Otro factor fue que la “victoria de Madero todavía estaba fresca y [Reyes] aún no tenía demasiado apoyo popular para que la conspiración tuviera éxito”. Sin tomar en cuenta el hecho de que la clase militar —en quien Reyes esperaba encontrar apoyo— no confiaba en él.[xv] Prueba de lo anterior es que Victoriano Huerta, protegido de Reyes, se abstuvo de apoyarlo cuando vio que la rebelión podía fracasar.[xvi]

General Bernardo Reyes
General Bernardo Reyes
La siguiente rebelión fue la orozquista, iniciada el 3 de marzo de 1912, logró alcanzar algunas victorias iniciales, pero fue derrotada al cabo de cuatro meses por las tropas del gobierno. Según Katz, dicho alzamiento armado fracasó porque “porciones importantes del ejército porfirista, por mucho que quisieran el derrocamiento de Madero, no querían permitir que unos ex revolucionarios, por conservadores que se hubieran vuelto, tomaran el poder”.[xvii] Esta afirmación sirve para matizar hasta qué grado se encontraba envuelta la cúpula del ejército federal en las conspiraciones para derrocar el gobierno maderista, y de cómo influyó respecto a qué movimiento respaldar y a cuál no.

Pascual Orozco
Pascual Orozco
Otra rebelión fue la de Félix Díaz, sobrino de don Porfirio, quien el 16 de octubre de 1912 se levantó contra el gobierno establecido junto con la guarnición de Veracruz, haciendo un llamado al ejército federal a unírsele. Aunque una cantidad considerable de generales y oficiales se encontraron motivados a acompañar a Félix en su aventura, muchos otros no veían en él —según Katz— al hombre adecuado para concluir el alzamiento con éxito, lo que sumado a otras circunstancias, como la debilidad personal de Félix, así como la pérdida de tiempo por parte de sus tropas en festivales y procesiones, derivó en su aprehensión y encarcelamiento. El ministro alemán en México, Hintze, quien tenía buenas relaciones con diversos mandos del ejército, escribió lo siguiente:

    "El general Félix Díaz admite él mismo que apoyó su revolución en el descontento del ejército. Es su propia debilidad personal, lo que explica su total derrota una vez que se enfrentó a las tropas del gobierno. En vez de tratar de negociar inmediatamente con el puñado de federales que había en las afueras de Veracruz, se demoró en la ciudad, organizando festivales y procesiones. El más mínimo éxito que hubiera tenido en el periodo inmediatamente posterior a su rebelión, hubiera estimulado a importantes sectores del ejército a unírsele. Fundo esta opinión en las declaraciones confidenciales de muchos de los más importantes generales; ahora esta opinión se ha difundido mucho. La revolución de [Félix] Díaz se vino abajo por la incompetencia de su jefe.[xviii]"

Fue así como la aventura felicista, dirigida por un jefe “débil”, no duró más que unos días (del 16 al 25 de octubre de 1912), no obstante lo cual, fue considerada como una de las más importantes.[xix]

Félix, sobrino de don Porfirio Díaz
Félix, sobrino de don Porfirio Díaz

Conforme pasó el tiempo la desilusión de los maderistas con respecto a su líder se acrecentó, por lo cual éste se apoyo de manera aún más decidida en la vieja burocracia porfirista y, más importante, en el ejército federal, sectores que veían a Madero como un usurpador y que habían estado buscando la manera de regresar al poder por cuenta propia, pero cuyas divisiones internas y otros factores —como no contar con el apoyo del gobierno de Estados Unidos—, se los había impedido. Sin embargo, el antagonismo estadounidense iba en aumento ante diversas medidas tomadas por Madero,[xx] lo que motivó a las facciones conservadoras a aglutinarse en un solo movimiento con el objeto de derrocar al presidente. Dichas facciones “consideraban que el ejército federal era la base principal para el golpe. Ésta era una opinión compartida por muchos observadores, incluido el ministro de alemán en México. En octubre de 1912 éste expresó su convicción de que la toma del poder por el ejército sólo era cuestión de tiempo”.[xxi]

De esta forma, se urdió una nueva conspiración desde la prisión militar de Tlatelolco, donde se encontraban presos los generales insurrectos Bernardo Reyes y Félix Díaz quienes, como ya se vio más arriba, encabezaron revueltas contra el gobierno durante 1912. Les acompañaba un general más, Manuel Mondragón —reputado ingeniero e inventor de armas durante el Porfiriato—, quien también se encontraba entre los dirigentes de la rebelión próxima a realizarse. Estos personajes establecieron contacto con diversos jefes y oficiales del ejército, así como con el embajador estadounidense en México, Henry Lane Wilson, quien aseguró el apoyo de su país en el movimiento. La fecha original para lanzarse a la rebelión era la del 11 de febrero, pero como el gobierno fue puesto sobre aviso, se adelantó al 9 del mismo mes.[xxii] Ese día, las guarniciones comprometidas con el alzamiento liberaron a Reyes y a Díaz, el primero de los cuales se dirigió a Palacio Nacional con la creencia de que los suyos se habían apoderado de él, sin saber que el general Lauro Villar, fiel al gobierno, había logrado desalojar a los insurrectos y esperaba a la tropa encabezada por Reyes, que avanzaba confiada. Al llegar a Palacio, se inició un intercambio de disparos en el que los rebeldes llevaron la peor parte debido a la sorpresa de encontrar la plaza en manos enemigas. Su líder, el general Reyes, quedó tendido a las afueras de Palacio víctima de un balazo en la frente,[xxiii] mientras que Félix Díaz y el resto de sus tropas, al saber del descalabro sufrido en el centro de la ciudad, se encaminaron hacia la Ciudadela, donde planeaban hacer la resistencia.

Tropas leales a Madero esperando a las fuerzas de Reyes
Tropas leales a Madero esperando a las fuerzas de Reyes
Katz menciona que en estos momentos se abrían dos posibles caminos para Madero, el primero, hacer uso de los revolucionarios que aun se encontraban sobre las armas y ganar con ello popularidad y legitimidad. El segundo, seguir apoyándose en el ejército y la burocracia porfirista abiertamente hostil a su gobierno. Madero se decantó por la segunda opción: en la refriega ocurrida en Palacio, el general Villar resultó herido, por lo que se hizo necesario reemplazarlo. El presidente eligió a Victoriano Huerta para ocupar el puesto de Villar, a pesar de tener fundados motivos para desconfiar de él. Huerta entró en negociaciones con los rebeldes y emprendió una “guerra falsa” en la que simuló atacar a los insurrectos, cuando en realidad les daba tiempo para reorganizarse, y eliminaba a los posibles soldados adictos al gobierno al enviarlos a suicidas ataques frontales.

La confianza de Madero en el elemento militar se mantuvo hasta llegar a afirmar, el 18 de febrero, “que en tres o cuatro días el asunto habrá concluido”. No podía sospechar que Huerta lo haría prisionero tras declinar la petición de un grupo de senadores enviados por este último, que le pidieron (a Madero) que renunciara. Ese mismo día por la tarde, se firmó el que fue conocido como “pacto de la embajada”, presidido por Henry Lane Wilson y en el que se acordaba formar un nuevo gobierno con Huerta como presidente provisional, “con la condición de que se comprometiera a organizar rápidamente elecciones y apoyar la candidatura de Félix Díaz para presidente. Como es bien sabido, Huerta no respetó los acuerdos y se presume que fue él —coludido con el embajador estadounidense— quien mandó a Francisco Cárdenas y Rafael Pimiento, miembros del ejército federal, a emboscar la patrulla que escoltaba a Madero y Pino Suárez a otra prisión, con el objeto de darles muerte, propósito que se llevó a cabo el día 22 del mismo mes.[xxiv]

Representación (un tanto burda) de la ejecución de Madero y Pino Suárez
Representación (un tanto burda) de la ejecución de Madero y Pino Suárez
Como puede concluirse, la decisión de dejar intacta la institución militar fue uno de los factores más importantes que explican la caída de Madero. Como sostiene Katz, ningún gobierno en la historia de América Latina realizó cambios sociales sin antes haber destruido a las fuerzas armadas existentes.[xxv] Este hecho fue lo que diferenció al movimiento maderista del carrancista: cuando las tropas constituyentes derrotaron al gobierno presidido por Huerta, lo primero que hicieron fue desmantelar al ejército de raíces porfiristas, y sustituirlo por mandos y soldados surgidos del movimiento revolucionario. Lo contrario habría significado perder el importante apoyo otorgado por todos aquellos que de una u otra manera respaldaban al constitucionalismo. Madero llevó a cabo exactamente lo contrario. Dejando en el poder a la antigua burocracia y soslayando seriamente a las masas que lo habían llevado al poder, Madero perdió su punto de apoyo y confío en los mismos elementos que había combatido para llegar a la presidencia quienes, al final de cuentas, también se encontraban indispuestos con Madero, por lo que urdieron su caída y el advenimiento de Victoriano Huerta, cuyo gobierno, por la manera violenta de hacerse del poder, tuvo que enfrentarse al movimiento constitucionalista y, por lo tanto, debió de fortalecer al objeto de este estudio: el ejército.

Huerta usó al ejército para reprimir al Congreso
Huerta usó al ejército para reprimir al Congreso


[i] Friedrich KATZ, La guerra secreta en…, 1998, p. 60.

[ii] Mario RAMÍREZ, “Una discusión sobre el…”, 2006, p. 53.

[iii] Mario RAMÍREZ, “Una discusión sobre el…”, 2006, pp. 51-52.

[iv] Mario RAMÍREZ, “Una discusión sobre el…”, 2006, p. 53. El Imparcial, 1 de noviembre de 1911.

[v] Francisco L. URQUIZO, Tropa vieja, 2002, 283 pp.

[vi] Mario RAMÍREZ, “La logística del…”, 2008, pp. 205-206. Diario Oficial, 4 de marzo de 1912, pp. 33-34.

[vii] Friedrich KATZ, La guerra secreta en…, 1998, pp. 62-63.

[viii] Paul VANDERWOOD, Los rurales…, 1981, pp. 184-185.

[ix] Decreto de 24 de noviembre de 1911, en Revista del Ejército y Marina, t. XIII, núm. 2, febrero de 1912, pp. 89-90.

[x]Reglamento provisional el sorteo y operaciones de reclutamiento relativas, 6 de enero de 1912, en Revista del Ejército y Marina, t. XIII, núm. 2, febrero de 1912, pp. 69-80.

[xi]Aviso, reclutamiento 1912, en Revista del Ejército y Marina, t. XIII, núm. 2, febrero de 1912, pp. 91-92. No se especifica la fecha exacta en que se dio a conocer el aviso.

[xii] E. O. de Zárate, “Reflexiones a propósito de la junta superior de guerra”, en Revista del Ejército y Marina, t. XIII, núm. 2, febrero de 1912, pp. 93-97.

[xiii] E. O. de Zárate, “Reflexiones a propósito de la junta superior de guerra”, en Revista del Ejército y Marina, t. XIII, núm. 2, febrero de 1912, p. 96

[xiv] Friedrich KATZ, La guerra secreta en…, 1998, pp. 67-68.

[xv] Friedrich KATZ, La guerra secreta en…, 1998, pp. 64-65.

[xvi] Artemio BENAVIDES, Bernardo Reyes…, 2009, pp. 309-331.

[xvii] Friedrich KATZ, La guerra secreta en…, 1998, p. 65.

[xviii] Friedrich KATZ, La guerra secreta en…, 1998, pp. 65-66.

[xix] Héctor RIBOT, Félix Díaz en…, 1912, pp. 76-77.

[xx] “El cambio de la política de los Estados Unidos, de simpatía por el gobierno de Madero a una virtual hostilidad abierta, se debe a varios factores: 1. La negativa de Madero a satisfacer las demandas norteamericanas de que otorgue compensación por pérdidas de vida y propiedades sin pasar por los canales normales, id est, sin una investigación legalmente definida de la comisión establecida con este fin.

2. Su demostrada intención de alentar la inmigración europea. 3. Su resuelta negativa a ceder a las presiones norteamericanas respecto al tratado de reciprocidad. 4. Su esfuerzo por despertar y cultivar sentimientos patrióticos en la población mexicana, que ha culminado en su intención de introducir el servicio militar obligatorio”, Friedrich KATZ, La guerra secreta en…, 1998, pp. 67-68.

[xxi] Friedrich KATZ, La guerra secreta en…, 1998, p. 116.

[xxii] Mario RAMÍREZ, “La república castrense de…”, 2005, pp. 167-168.

[xxiii] Para abundar sobre la participación de Bernardo Reyes en la conspiración, véase, Artemio BENAVIDES, Bernardo Reyes…, 2009, pp. 333-345.

[xxiv] Friedrich KATZ, La guerra secreta en…, 1998, pp. 116-139. SILVA, Breve, 1960, pp. 7-9.

[xxv] Friedrich KATZ, La guerra secreta en…, 1998, p. 138.

¡Compártelo!



0 comentarios en: "El ejército federal y la caída de Madero"

Deja un comentario