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jueves, 21 de febrero de 2013


El ejército mexicano al tiempo de su primer centenario

Luis I Sánchez

Luis I. Sánchez. Durante los últimos años el ejército mexicano ha sido objeto de los más variados comentarios. Desde los textos escritos (casi a manera de panegíricos) por los defensores de la institución marcial, para la cual no tienen más que elogios, hasta los detractores de la misma, que la acusan de corrupta, ineficiente y una de las devoradoras más asiduas del tesoro nacional.

Pese a sus altibajos, el ejército mexicano es una de las instituciones más reconocidas a nivel nacional, y en la que más confianza tiene el ciudadano promedio, por encima de otras instituciones o dependencias, como la policía (de todos niveles y variedades), el gobierno o los medios de comunicación.

El martes pasado, 19 de febrero de 2013, cumplió tan importante y destacada institución el primer centenario de su existencia, pues a consecuencia de la asonada que culminó con el asalto al poder por parte del general Victoriano Huerta, se dieron diversos movimientos de insurrección en el país, que pretendieron desconocer y combatir su gobierno. De esta forma Venustiano Carranza, a la sazón gobernador del estado de Coahuila, emitió un decreto para organizar bajo un solo mando a las fuerzas levantadas contra la dictadura de Huerta, y coordinarlas con la mira de derrocarlo. Dicho decreto fue publicado el 19 de febrero de 1913, por lo que ahora se considera esa fecha como la del nacimiento del actual ejército mexicano.

Esto no quiere decir que antes de 1913 no existiera ejército, todo lo contrario. Aunque la organización del ejército federal de ese tiempo tuviera diversas deficiencias, fue considerado por sus contemporáneos como un ejército temible. Desafortunadamente, no era temible como una maquinaria bélica capaz de aplastar los ejércitos de otras naciones, sino que era tenido como temible por la proclividad con la que el régimen porfiriano lo usó para reprimir levantamientos populares y movimientos sociales. Esto fue especialmente cierto en la última década o, mejor decir, el último lustro del dilatado gobierno del general Díaz, aunque no escasearon ejemplos durante las últimas décadas del siglo XIX.

Con todo, y a pesar de ser tan temido por la población en general, que veía en el ejército más un instrumento punitivo que el sostén de sus garantías y derechos, esta institución sufría en aquella época grandes carencias: era, para empezar, pequeño. Sus 30 mil hombres en promedio no alcanzaban a cubrir el servicio en el extenso territorio de la República Mexicana pero, confiado Díaz en los avances en el sistema de transporte (el ferrocarril), contó con que no necesitaba una guarnición en cada esquina, sino con eficientes maneras de transportar a las tropas… lo que resulto cierto, aunque sólo en parte.

Del reducido número de hombres de que acabo de hablar, la gran mayoría era la tropa, al menos unos 25 mil. Los restantes 5 mil efectivos eran oficiales y jefes. De esto no habría objeción si no se mencionara que prácticamente la totalidad de la tropa era obligada, mediante la leva y por diferentes motivos, a servir en la institución castrense por un periodo de cinco años. Entre los motivos que podían enviar a un hombre al ejército, se encontraban los de ser criminal, bebedor, tahúr, vago, etc… O simplemente por haber tenido un altercado con la autoridad política del lugar la cual, para deshacerse del problemático ciudadano, lo envía bajo cualquier pretexto a servir en las filas de las fuerzas armadas.

Naturalmente, un ejército lleno de individuos que no sólo no tenían la intención o el deseo de estar ahí, sino que lo hacían en contra de su voluntad, como castigo de sus actos, o como resultado de un abuso de la autoridad, debía de ser necesariamente ineficiente.

Esto quedó bien demostrado durante la Revolución Mexicana y en buena medida, durante la derrota del ejército federal a manos del Constitucionalista dirigido por Carranza, a raíz de lo cual se formó el ejército que hoy día es el salvaguarda de nuestra soberanía. Así pues ¿realmente se ha operado un cambio en nuestro ejército? ¿Seguimos padeciendo la leva u otros instrumentos de coerción militar?

La respuesta salta a la vista, en el transcurso de un siglo (que se dice fácil), las condiciones al interior del ejército han cambiado mucho para bien de la institución en particular, y para México y sus ciudadanos en general. La leva es cosa cuya existencia no podría imaginarse; el envío de personas al ejército por faltas a una autoridad es impensable, y la obligación de servir cierto periodo en las armas nacionales es algo que ni en sueños sucedería (hasta ha dejado de ser necesaria la cartilla del servicio militar para muchos tipos de empleos que antes la requerían).

En fin, el ejército se ha modernizado, sus efectivos son mucho más educados (aunque la tropa sigue teniendo graves deficiencias), tiene mayores recursos, su tamaño es mayor y la modernización en su equipo y armamento ha mejorado ostensiblemente (aunque, claro, no al nivel de las grandes potencias mundiales). Por otro lado, su actuación política durante el siglo XX ha sido (con sus altibajos) ejemplar para la historia de varios países latinoamericanos que sufrieron crueles dictaduras militares, aunque nuestra casta castrense no se haya precisamente destacado por su humanidad en las décadas de los 60 y 70’s, en especial en la sierra de Guerrero, donde tantos abusos perpetró contra la población civil.

Los cambios no fueron inmediatos. Se produjeron sólo gradualmente y de manera muy lenta. La leva no cesó de inmediato y los abusos, aunque en menor, medida siguieron dándose. El fuero militar es otro de los grandes temas que sobreviven desde el siglo XIX. Siendo el ejército una institución de corte “moderno”, sigue teniendo privilegios de una corporación de antiguo régimen, de un gremio cuyos miembros gozan de prerrogativas de las que el resto de los ciudadanos carece. Esto ha sido especialmente negativo para nuestro ejército, quien operando en las calles con el pretexto de detener las acciones del crimen organizado, ha vulnerado los derechos humanos de decenas, cientos, y hasta miles de personas, algunas de las cuales han fallecido en el proceso.

Los avances son patentes, y la discusión sobre nuestras fuerzas armadas daría para que corran ríos de tinta, pero seamos breves y no nos durmamos en nuestros laureles, el primer centenario de nuestro ejército es el pretexto perfecto para reflexionar sobre los aciertos logrados en el transcurso de cien años, pero también para meditar sobre lo que es necesario alcanzar, pulir, arreglar, enmendar (que no es poco).

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