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jueves, 7 de febrero de 2013


El sistema de reputación y las nuevas redes sociales académicas

Luis I Sánchez

Luis I. Sánchez. Hace algunas semanas escribía acerca del lamentable fallecimiento de Aaron Swartz, quien se había destacado por sus esfuerzos por hacer de los contenidos de Internet más accesibles y gratuitos para todos sus usuarios. Esto le valió (después de descargar una enorme cantidad de documentos de la red académica JSTOR desde las instalaciones del MIT) una dura persecución legal que derivó en su suicidio. Entonces hablé de su legado y de las onerosas condiciones que tienen que cumplir los individuos y las instituciones para acceder al resultado de investigaciones que ya han sido, de hecho, subvencionadas por organismos públicos y gubernamentales.

Hace unos días el fundador de la red académica academia.edu, Richard Price, escribió acerca de las injusticias del actual sistema de acceso al conocimiento, y me propongo retomar algunas de sus afirmaciones, que sin duda afectan a un creciente número de personas alrededor del mundo, tanto al interior del círculo académico, como aquellos que se encuentran fuera de él como potenciales consumidores de esa información.

En primer lugar, y como ya lo mencioné, es a todas luces una injusticia para cualquier usuario, el tener que pagar dos veces por acceder a contenido académico. ¿Por qué dos veces, se preguntaran? La primera vez que una persona paga es al erogar recursos para cubrir sus impuestos, una parte de los cuales se canalizan a instituciones de educación, que se destinan exclusivamente a la investigación. La segunda vez que un usuario paga, es cuando dichas investigaciones (que ya financió una primera vez) son adquiridas por alguna prestigiosa revista o publicación, la que retiene los derechos de reproducción de las mismas, y por lo cual cobra cierta cantidad para otorgar el acceso a sus contenidos. De esta forma, ni el mismo autor puede dar a conocer su trabajo sin arriesgarse a ser demandado.

Sin embargo, poco o nada se ha hecho para cambiar este restringido sistema de acceso a la información académica y, por lo contrario, parece que la tendencia es reforzar dicho sistema. De hecho, es una cuestión un tanto viciosa. Los científicos necesitan construir una reputación, y la principal forma de hacerlo es publicando en revistas prestigiosas. El problema está en que dichas publicaciones usan el sistema de reputación para hacer negocio: Cuando un científico busca publicar, las revistas requieren que el investigador les transfiera los derechos de su trabajo. En dicha transacción, el autor no recibe una paga ni ningún tipo de regalías que podrían generarse de las ganancias que hacen las revistas por venderse ya sea impresas, o mediante una distribución virtual (a través de su portal de Internet).

De esta forma y debido al sistema de reputación, la industria de las revistas académicas es capaz de adquirir los derechos de las producciones científicas de manera gratuita. Una vez hecho esto, la industria cobra al público (que financió las investigaciones con sus impuestos) y a los investigadores (quienes a su vez escribieron y aprobaron dichos textos académicos) cantidades inusitadamente altas que se calcula llegan a generar unos ocho billones de dólares al año.

Pero ¿Por qué los autores ceden los derechos de sus trabajos sin paga o regalía alguna? ¿Por qué no usan las redes sociales u otras herramientas o publicaciones gratuitas que den a conocer su trabajo sin las trabas de los derechos de autor? La respuesta es simple. Cuando un investigador (de cualquier área) pretende obtener una beca o mayores recursos económicos para proseguir su investigación, o si desea aplicar para un puesto de trabajo, lo primero que hacen los comités encargados de evaluar las aptitudes de dicho candidato, es buscar en su CV los títulos de dichas revistas académicas. Si no tiene o tiene pocos textos publicados en esas revistas, entonces bien podría no obtener los recursos o el puesto que desea. Además, hay decenas o centenas de científicos buscando el mismo puesto o los mismos recursos quienes, conocedores del sistema que les permitirá lograr obtenerlos, compiten por tener sus artículos publicados en las mencionadas revistas, aunque eso implique tener que ceder los derechos de sus textos. Como se ve, un círculo vicioso difícil de romper.

Según el fundador de academia.edu, la alternativa se encuentra precisamente en servicios como aquel del que es CEO (Chief Executive Officer, o director ejecutivo), pues permite a los académicos poner a disposición de la creciente comunidad científica en línea sus trabajos para una retroalimentación prácticamente inmediata, que les permita afinar sus hipótesis, teorías y planteamientos, y que también otorga a cualquier usuario con una computadora (o dispositivo móvil) con conexión a internet leer y descargar dichos documentos para su consulta sin pagar más.

Esto es ciertamente revolucionario. Mientras que para publicar en una revista de prestigio pueden pasar meses (e incluso años) por los procesos de revisión y edición de los textos, los investigadores pueden poner en circulación su trabajo sin pasar por engorrosos trámites de evaluación por un comité compuesto por dos o tres personas. Uno podría argüir que precisamente ese proceso da validez y cierto reconocimiento al texto aprobado, pero esto podría parecer limitado cuando al poner el trabajo a disposición de centenas de académicos en redes construidas para ese fin, podemos obtener una mayor retroalimentación, lo que permitiría pulir el artículo en cuestión de mejor manera, dada la diversidad de opiniones y comentarios que se generarían a partir de su publicación en línea.

De esta manera, se estaría construyendo un nuevo sistema de reputación basado en la libre difusión de los textos académicos, en las recomendaciones y comentarios hechos por la comunidad científica, y, a modo de otras redes sociales, con “me gusta”, “seguidores”, “lecturas”, “descargas”, etc. Price comenta que por el momento la relación entre la industria de las revistas y la de las redes académicas se encuentran en una proporción de 90% y 10% respectivamente. Sin embargo, apunta, el crecimiento aunque lento, es constante, por lo que se espera que en los próximos años dicha relación se invierta y el 90% de los científicos prefieran las redes sociales académicas. Evidentemente, los comités académicos en las universidades y demás centros e instituciones de enseñanza e investigación deberán también comenzar a centrar su atención al movimiento generado en estas nuevas plataformas que, se espera, sustituyan al actual sistema de reputación.

En el mundo hispano (México el principal), probablemente la adopción sea más lenta, sin embargo, ya es posible observar como muchos de los académicos más prestigiosos de diversas universidades comienzan a hacer uso de estas herramientas, y a tener un contacto más cercano no sólo con sus pares de investigación, sino con sus alumnos y con el público en general interesado en tales o cuales temas.

¿Quieres comenzar a dar a conocer tus trabajos? ¿Deseas seguir a algún académico o tema de interés específico? No dudes en visitar Academia.edu, Mendeley o ResearchGate. Por mi parte, puedes encontrar mi perfil en academia.edu más abajo, o haciendo click aquí.

Blog: http://facetashistoricas.wordpress.com/
Academia: http://unam.academia.edu/LuisSanchez
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