lunes, 1 de julio de 2013

Brasil, la Confederaciones y la realidad…

Daniel Higa

Daniel Higa. 20 centavos de real fueron suficientes para que Brasil mostrara su otra cara. En medio de la Copa de las Confederaciones organizada por la FIFA y como preámbulo del mundial de 2014, más de un millón de brasileños salieron a las calles para hacer visible y evidente que una de las economías más prosperas del mundo sigue con rezagos sociales.

El pretexto fue el alza en los transportes públicos, que representó un aumento de 6% y que es muy superior al 0.38% de aumento de la inflación en el mes de mayo. Esto fue un duro golpe a los bolsillos de los ciudadanos, que tomaron las calles y los accesos a los estadios para congregar a una de las manifestaciones sociales más grandes en toda la historia de Brasil.

Pero más allá del alza en el transporte, el fondo siempre es el abandono en que los gobiernos actuales dejan temas sociales como educación, salud y cultura, para beneficiar proyectos que aparentemente tienen un alto impacto mayor pero que en realidad poco beneficia a las clases bajas. Además del componente de corrupción que acompaña siempre a los gobernantes.

Es curioso que una sociedad tan futbolera como la brasileña, haya aprovechado un evento de esta magnitud para mostrar músculo. Es decir, se acabó el mito de que los “brasileiros” se olvidan de todo cuando hay fútbol. Ahora demostraron que además de su gusto por el balompié, también tienen la capacidad de organizarse, manifestarse y presionar al gobierno para que rectifique ciertas políticas de gastos excesivos en detrimento de políticas sociales.

Muchas veces pudimos leer crónicas periodísticas en donde los manifestantes expresaban que no estaban en contra del fútbol o de su selección, pero sí de la forma en que el gobierno de Dilma Rouseff había orientado presupuestos para la organización del Mundial, cuando antes no ha resuelto los problemas que enfrentan los sistemas de salud o de educación, que son de baja de calidad y no garantizan un acceso para la mayoría de la sociedad.

Brasil demostró una vez más que en el mundo actual el auge financiero de un país no es sinónimo de bienestar social. La economía brasileña es prácticamente una de las líderes en la lista de los países emergentes. Se habla de que puede estar dentro de las siete economías más poderosas del mundo y ha sido ejemplo de cómo modernizar a un país según los parámetros que marcan las instituciones encargadas de dictar lineamientos financieros a los gobiernos del mundo.

A nivel macroeconómico esto es cierto. Brasil es la economía más grande de América Latina y la segunda de todo el continente americano. Ha tenido un crecimiento máximo de 7.5% en 2010 y se espera que este año crezca al 4.5% y según el Fondo Monetario Internacional, tiene un ingreso per cápita de 12,079 dólares al año.

Sin embargo, el 22% de su población vive en condiciones de pobreza. Porcentaje mucho menor al de México, que alcanza el 54% de la población en estas situaciones. Seguramente la calidad de vida de muchos brasileños es buena, pero estos datos nos llevan a comprobar una vez más que las brechas sociales se hacen cada vez más grandes; hay países que se vuelven ricos, pero el grueso de la población no alcanza beneficios directos.

Y peor aún, esta bonanza económica solamente toca a muy pocas familias en la cima de una pirámide. De ahí la importancia de las manifestaciones en Brasil, para demostrarle al mundo que el sistema actual no es parejo ni en sus beneficios ni en sus costos. No basta con crecer a nivel macroeconómico si esto no se traduce en mayores recursos en los bolsillos de las familias.

Pero hay un ingrediente que se agrega y es la corrupción. En México sabemos muy bien de qué se trata, pero al parecer, no es exclusivo de nuestro país, sino es una condición que actualmente persiste en la clase gobernante de todo el mundo.

Brasil, España e Italia; campeón, subcampeón y tercer lugar de la Confederaciones son potencias a nivel futbolístico pero también comparten la desgracia de tener una clase gobernante acusada en los últimos tiempos de corrupta y con enormes escándalos de sus líderes políticos.

Nada más hay que recordar el caso de Berlusconi en Italia o de algunos miembros del partido que gobierna en España, en donde los excesos personales y los pocos escrúpulos de las gentes que ocupan altos cargos en la administración pública, han tenido un altísimo costo para la sociedad de ambos países.

Y la brecha social se hace aún más evidente cuando los futbolistas –los que compitieron en la Confederaciones y muchos otros que no-, forman un sector privilegiado de deportistas que ganan millones de dólares al año y que su vida económica está prácticamente resuelta con los sueldos mensuales que reciben.

Contrario a esto, hay miles de personas que ganan salarios bajos y que no podrán juntar en toda su vida lo que algunas de las estrellas del fútbol mundial ganan en un mes. Nada más para dar un dato, Neymar va a ganar 7 millones de euros por año, échele cuentas para ver cuánto tiempo necesita para alcanzar esa cifra según su salario…. 

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