Hoy, en la pluma de:

sábado, 21 de diciembre de 2013


Popularidad "vs." resultados

Liébano Sáenz
“El político piensa en la próxima elección; el estadista, en la próxima generación”.
Otto von Bismarck

Liébano Sáenz. En diversas ocasiones hemos señalado que la aceptación popular de un gobierno es un medio para cumplir la tarea encomendada, no un fin. La no reelección para cargos ejecutivos libera al gobernante de la natural presión de mantener aceptación para así buscar una extensión en el cargo, aunque persista el propósito de que su partido o coalición sea confirmada en el poder. En las condiciones del país, el objetivo propio para el Presidente de la República son los resultados y, desde luego, contar con el consenso suficiente para el ejercicio de su gobierno. La popularidad transita por cuerda separada, deseable, pero ésta no debe buscarse a costa de los resultados.

Tras muchos años de anhelar las llamadas reformas estructurales y una vez concluido el proceso electoral, se resolvió privilegiar los cambios. Para ello era indispensable contar con un marco incluyente de acuerdo que por igual definiera una agenda de compromisos compartidos, que creara las bases de confianza y diálogo para un consenso productivo y eficaz.

El Pacto por México tuvo que transitar por muchas dificultades, la mayor, que las dirigencias de los partidos opositores pudieran trasladar los acuerdos a una voluntad legislativa en sus correligionarios. La cohesión del PRD fue clave y, aunque vacilante en algunos temas como la reforma educativa, fundamental para que el PAN generara sus propios incentivos hacia la unidad, comprometida por las diferencias entre el grupo afín al ex presidente Calderón y la dirigencia nacional a cargo de Gustavo Madero. Otra dificultad se asocia a los costos de quien encabeza el gobierno y a su coalición gobernante; todo cambio genera resistencias y éstas se centran mayoritariamente en el Presidente y su partido.

No es una cuestión menor haber alcanzado en este primer año reformas profundas y trascendentes para bien del país. Los cambios aportan de manera significativa hacia cuatro objetivos fundamentales: primero (supuesto de eficacia para los acuerdos), un mayor sentido de corresponsabilidad y compromiso por las oposiciones; segundo, la recuperación del Estado en su tarea de hacer valer el interés general respecto al particular; tercero, sentar las bases para un crecimiento suficiente y sostenido, y, cuarto, un ejercicio de la autoridad y del gasto público con mayor transparencia, control horizontal y rendición de cuentas.

La visión en los objetivos, la claridad en la estrategia y la disciplina en su ejecución son los elementos para un gobierno exitoso en el largo plazo. Muchos de los problemas nacionales se asocian a razones de carácter estructural. Por décadas se dijo, engañosamente, que la alternancia en el poder sería causa suficiente para superar la pobreza, la desigualdad, la venalidad y la injusticia. La competencia democrática y sus expresiones son virtud y fortalecen a un país; sin embargo, el gobierno dividido (efecto muy probable en un régimen multipartidista) frenó el impulso renovador que caracterizó al régimen anterior. La democracia no solo se desacreditó, sino muchos de sus actores pervirtieron el proceso político al debilitar al régimen institucional y a la Presidencia misma; no faltó quien se sirviera, y mucho, de las nuevas condiciones de poder distribuido. Por ello México perdió sentido de orgullo y significado histórico no obstante haber alcanzado el anhelo de una democracia moderna y confiable. Ante los malos perdedores ni siquiera concluyó la tradición de elecciones con resultados discutidos.

Lo significativo de esta etapa y de esta generación es que representa un momento diferente de la democracia mexicana. El poder dividido, el debate nacional y la pluralidad no obstruyeron las reformas, sino que las hicieron posibles y en el proceso las enriquecieron. En temas de consenso como fue la reforma financiera, la educativa, la política y la telecomunicaciones, las cuatro fuerzas políticas y el gobierno plantearon una agenda de transformaciones significativas; en el tema fiscal y energético, la profundidad y trascendencia de los cambios estuvieron condicionados por la agenda del partido opositor asociado, la diferencia entre la reforma fiscal y la energética la explica la postura del PRD y del PAN en cada uno de los temas en los que participó con el gobierno.

El país cierra el año 2013 en condiciones promisorias. El humor social no es consecuente con esta circunstancia, herencia del pasado y del propio debate asociado a las reformas. Lo importante es que 2014 sea inicio de un cambio que se advierta en la calidad de vida de los mexicanos, que las reformas gradual y de manera persistente vayan acreditando sus bondades. El cambio en las leyes no es suficiente, también se requiere una muda en las actitudes y reafirmar los valores propios de un país en progreso y con una democracia eficaz, a pesar de sus interesados detractores.

Los problemas persisten y hay que actuar desde todos los frentes para su superación, no solo el gubernamental. Los temas son diversos y es importante que los cambios signifiquen un compromiso compartido para alcanzar los objetivos que los motivaron. Por otra parte, las resistencias no deben llevar a la descalificación de quien disiente o mantiene sus reservas sobre la situación o las transformaciones; la crítica es un factor positivo para el cambio y la superación; sin embargo, el periodo de disputa de argumentos y razones sobre las reformas aprobadas ha concluido, de lo que se trata ahora es de dar respuestas que acrediten la razón de los cambios.

La mayor satisfacción que se pude obtener en el servicio público no es tanto el reconocimiento de algunos o muchos; de lo que se trata es de los resultados positivos en el corto, mediano y largo plazo con las acciones que se emprenden. Cuando se gobierna, no es comprensión ni popularidad lo que se espera o anhela, sino que el país crezca, que sea más justo; que la felicidad de las personas y sus familias tenga como origen su bienestar.

Hoy, el Presidente, los partidos, los legisladores y los gobiernos federal y locales tienen razones legítimas de orgullo por lo alcanzado. Las diferencias no deben llevar a subestimar lo logrado, tampoco a desacreditar el esfuerzo compartido para concretar transformaciones profundas orientadas al bienestar de todos. El regateo es propio del debate político y del cálculo de los actores que han resuelto mantenerse al margen de los acuerdos o que estiman que el infortunio de las reformas abona en su propia causa. Insisto, lo importante no es el reconocimiento, son los resultados.

http://twitter.com/liebano 


Compartir


0 comentarios:

Copyright @ 2010 Por un México Inteligente. Templateism | The Globe Press