Una nueva manera de hacer política
La política moderna comenzó hace 48 años, con la serie de debates entre Kennedy y Nixon: no sólo fueron los primeros debates presidenciales de la historia, sino que su transmisión en vivo marcó un hito en las campañas electorales de todo el mundo.

El debate es la arena donde se mide no sólo el temple de los políticos, su capacidad de respuesta, la coherencia de su discurso sino también los pequeños detalles que se escapan a las crónicas más acuciosas. Kennedy ganó el primer debate —y muy probablemente la Presidencia— gracias a su habilidad para entender el nuevo entorno y los pequeños detalles a los que debía poner atención. Así, mientras que Nixon ganó el debate de acuerdo a la radio, su rostro ajado y sudoroso —frente a la jovialidad de Kennedy— le valió la derrota ante los telespectadores. No era un asunto de ideas, ni de honestidad —faltaba más de una década para el caso Watergate— sino de apariencia. Era un asunto de entender el nuevo medio.

La serie de debates entre Hillary Clinton y Donald Trump por la Presidencia de Estados Unidos —cuyo segundo round presenciamos anoche— marca lo que sin duda será el inicio de una nueva forma de hacer política. Clinton comenzó implacable con el tema de las mujeres ante un Trump que lucía notoriamente incómodo hasta el momento en que se comenzó a mover y se apropió de un escenario que aprendió a dominar en sus programas de televisión. Clinton se mostró propositiva, mientras que Trump se atrincheró en los mismos argumentos como el boxeador que hace del clinch una estrategia.

Y tal vez eso sea. Sería ingenuo juzgar la serie de debates entre los dos candidatos con los parámetros que servían para evaluar los de elecciones anteriores: las circunstancias han cambiado radicalmente. Y han cambiado los medios, también: a pesar del racismo, a pesar de la xenofobia, a pesar de la misoginia, a pesar de las evidencias, el voto duro de Trump sigue estando ahí. Un voto duro que no lo ha abandonado porque Trump sabe cómo dirigirse a él. El voto duro de los rednecks que añoran un país que nunca existió, el voto duro del white trash que se informa y organiza en las alcantarillas de la red.

Ese es el segmento al que se dirige Trump. El segmento que no entiende los argumentos de Clinton, o que ha dejado de creer en ellos. Palabras, puras palabras, como repitió durante sus momentos álgidos. La gente que se siente desposeída, el sector de mediana edad que no pudo adaptarse al nuevo tablero geopolítico en el que Estados Unidos no es una nación hegemónica como la que conocieron sus padres, y que terminó encumbrando al encantador de serpientes que no hace sino prometerles lo que anhelan escuchar.

Queda poco más de un mes para la elección norteamericana y aún nada está dicho. Trump podrá estar tocado en apariencia, pero falta ver el efecto de su mensaje en el medio que domina a la perfección. En este sentido, el riesgo de analizar el debate de forma convencional es enorme: si bien es cierto que Clinton domina en las ideas, es posible que no seamos sino como los radioescuchas de hace casi medio siglo que cantan victoria sin entender que la elección la deciden los televidentes.

La lección, a dos años vista de nuestro propio proceso sucesorio, es enorme. La forma de los debates deberá cambiar, y sería necesario implementar una comisión al efecto similar a la estadunidense. Pero lo más importante, tal vez, será entender que las elecciones ya no se ganan de la misma manera, que los candidatos deben de ser distintos, que los medios han cambiado y que cada episodio de la vida personal puede ser sujeto a revisión pública. Una nueva manera de hacer política, sin duda.
 
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