La amnistía de las fotomultas
Felices 10, Beltri.

“Mucha gente me ha preguntado mi opinión sobre las fotomultas”, reconoce Claudia Sheinbaum en un tuit reciente en el que se ofrece a dar explicaciones: “aquí mi respuesta”, y al que adjunta un video en el que muestra una indignación que no deja lugar a dudas. Está molesta: “¿Sabías que de los más de mil quinientos millones de pesos que se recaudaron por fotomultas, el 46% se fue a una empresa privada?”, comienza el video y, con esa primera pregunta, deja claras cuáles son sus prioridades en el tema de las fotomultas.

No se trata de la seguridad vial, no se trata de la fluidez del tráfico, no se trata de la reducción de accidentes o la protección a los peatones: la precandidata está indignada por el porcentaje que, de una cantidad elevada, se lleva la empresa privada. El tema de las fotomultas es controversial: quienes están en contra alegan, con razón, del mal funcionamiento y los abusos en su operación; quienes están a favor aducen —también con razón— la disminución en accidentes y proponen formas de mejorar el sistema. La opinión que mucha gente le ha preguntado a Claudia Sheinbaum sobre las fotomultas no va ni con unos ni con otros: para ella lo importante, primero que nada, es el dinero.

Y eso es todo, en realidad. Ni una propuesta, ni una solución: vaya, ni siquiera el reconocimiento al terrible problema vial que es el origen de las fotomultas, y que podría solucionarse con una mejor planeación urbana y con el desarrollo de una cultura de cumplimiento de la norma. Al contrario: para la señora Sheinbaum, cuando la autoridad cumple con su deber se está poniendo en contra de la ciudadanía: “¿En qué momento el gobierno dejó de estar de parte de los ciudadanos, y se puso en contra de nosotros? En vez de cuidarnos se dedica a multarnos. No es posible que una multa de tránsito ahora se vuelva un agravio a la economía de las familias”.

¿Qué quiere decir, quien aspira a gobernar la Ciudad de México, cuando anuncia como propuesta de campaña la falta de aplicación estricta de la norma? Lo mismo que quiere decir su jefe, quien aspira a la Presidencia de la República, cuando anuncia como propuesta de campaña exactamente lo mismo, pero no sólo para quienes incumplan con el Reglamento de Tránsito sino, incluso, para quienes estén involucrados en delitos relacionados con el crimen organizado: la restauración del Estado de derecho en el territorio nacional no es una prioridad, y en realidad no tienen más planes que esperar a que todo se resuelva porque el Mesías ha instaurado su tropical reino entre nosotros.

Todo será mejor bajo su manto tropical. No habrá corrupción, aunque siempre se haya rodeado de corruptos; no habrá relación con dictaduras, aunque sus lugartenientes —como Gerardo Fernández Noroña, Héctor Díaz Polanco o la señora que se hace llamar Yeidckol Polevnsky— colaboren de manera habitual con el régimen venezolano, o aunque el líder de su aliado el PT, Alberto Anaya, tenga una relación personal con el dictador de Corea del Norte, le declare gran admiración por sus hazañas y viaje a sus fiestas de cumpleaños. No habrá, ni siquiera, tráfico o necesidad de fotomultas: “Cambiemos la ecuación. Es cuestión de ética, de sentido común, de capacidad y honestidad al servicio de las y los ciudadanos”. Más allá de filias y fobias, ¿no es —en verdad— absurdo?

Tan absurdo como creer en que todo va a cambiar por la mera llegada de quien, demagogo, así lo promete, o en que el tráfico disminuirá cuando Sheinbaum consume su amnistía de las fotomultas tras haber reducido los porcentajes que tanto le molestan. Como creer en la ética, sentido común, capacidad y honestidad de unos líderes de Morena que no dejarán de simpatizar con Venezuela, como tampoco lo harán los del PT con Corea del Norte, o los del PES con la extrema derecha más rancia de este país. Tan absurdo como creer en que Andrés Manuel apoyará las causas de género o la legalización de las drogas, tan absurdo como creer que Cuauhtémoc Blanco es el mejor capacitado para gobernar un estado, o Sergio Mayer para ser legislador. Tan absurdo como creer en que la senilidad le sienta bien para gobernar a quien ha estado tan obsesionado con el poder que ha sido capaz de colocarse —en público— una banda presidencial de opereta.


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