Adversarios y discursos
Comentamos ayer cómo López Obrador sigue, a la letra, la pauta que permitió a Donald Trump ganar la presidencia de Estados Unidos. Es una combinación de un público enojado, un líder sin escrúpulos, medios irresponsables y un grupo que entiende de verdad las nuevas tecnologías y manipula audiencias. Pero, además de esos cuatro factores, Trump tuvo enfrente a una sola candidata que no pudo entender ninguno de esos elementos, y no supo responder los ataques, excesivos, de la campaña de Trump.

En México, hasta el primer debate, tuvimos en realidad tres opciones. La de la continuidad (Meade), la de la transformación (Anaya) y la del retorno (AMLO), esta última con una ventaja considerable: los medios, desde el triunfo de Trump habían empezado a plegarse a AMLO; su estrategia de redes había logrado minar a Peña y elevarlo a él; y su discurso diferenciado ya estaba en proceso. La disputa ocurrió entonces entre los dos perseguidores, y los ataques no tuvieron que salir de AMLO. Fue el PRI el que decidió atacar a Anaya así como Trump lo hizo con Hillary (crooked Hillary: ladrona, estafadora). En las campañas, lo que se busca es crear, en al menos parte del público, una duda acerca de un candidato, no procesarlo, ni encarcelarlo. Anaya respondió con demasiada fuerza, lo consideró un ataque personal; Hillary no respondió lo suficiente. Ambos perdieron parte de su imagen con ello. A partir del debate, ahora tenemos únicamente dos opciones. La de la continuidad ha quedado muy rezagada, y es rechazada por cerca del 80% de la población. Sin embargo, casi sin importar qué haga quien está en segundo lugar, Ricardo Anaya, nadie se entera. La razón está en los factores mencionados: los medios ya quedaron atrapados en cubrir de manera excesiva a AMLO, y temen reducir su presencia, porque sin los recursos del próximo gobierno no podrían sobrevivir. Incluso Televisa le hace un programa a modo para recuperar su afecto.

Por otra parte, la ventaja que tiene la estructura de AMLO en redes parece imbatible. Insisto, no en balde llevan más de una década construyéndola, y cuentan con el apoyo de tontos útiles que la hacen aún más fuerte. Sin menospreciar la espiral de violencia que sufre este país, ni el costo de la corrupción, creo que cualquier análisis serio debe considerar la distancia entre percepción y realidad que han logrado instalar desde la comunicación. La idea de que México vive el peor momento de su historia no tiene ningún sustento, pero se ha convertido en el eje a partir del cual millones de personas concluyen que es necesario regresar al pasado glorioso destruido por la mafia del poder. Es la definición más común del populismo electoral: pasado mítico, buenos contra malos, guía moral que llevará al pueblo a la tierra prometida.

Si esa propuesta en 2006 no logró concitar apoyo mayoritario y ahora se acerca a ello se debe, esencialmente, a la construcción de una realidad alternativa sustentada en información ficticia, interpretaciones dolosas y exageraciones. Exactamente lo mismo que construyeron para Trump en Estados Unidos, que ha creado un ánimo de crispación en ese país no visto desde hace décadas. Ambas narrativas de odio parten de algunos elementos verdaderos: transformación económica y migración en Estados Unidos; violencia y corrupción en México. Culpar de la violencia al gobierno, generalizar, exagerar, nombrar culpables y promover hogueras, es construcción de discurso.

No se trata de proponer políticas públicas, sino de enfrentar esa narrativa con una muy diferente, que concite suficiente apoyo. Hillary fue incapaz de entenderlo. Aunque usted no lo crea, es en las redes sociales en donde se define el futuro. En México, y en el mundo entero.

Esta columna es publicada con la autorización expresa de su autor.
Publicado originalmente en El Financiero.


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