Al final del camino, la desilusión
Obrador no le resulta especialmente simpático a mucha gente. Pero van a votar por él de todas maneras. ¿Por qué? Pues, porque la pobreza y el flagelo de la inseguridad, entre otros grandes problemas nacionales, se han vuelto realidades tan insostenibles que los responsables directos de este estado de cosas deberán pagar, por fin, el precio de su criminal dejadez.

O sea, que ya basta. En esta ocasión no será un aviso: será una respuesta de los ciudadanos. Las dos anteriores elecciones presidenciales sirvieron de advertencia a los gobernantes del denostado PRIAN. No atendieron, sin embargo, las señales de alarma: se hicieron con el poder —así fuere con precarios márgenes de ventaja en las urnas— y siguieron en lo suyo, en las corruptelas de siempre, en el saqueo de los bienes de la nación, en su despreocupada pasividad ante la escandalosa desigualdad social que vivimos en este país. A juzgar por los resultados que terminaron por ofrecer, el posible advenimiento de un paladín justiciero no les significó en momento alguno una amenaza lo suficientemente plausible como para que decidieran actuar con el debido apremio, con el sentimiento de urgencia que necesitan las grandes cruzadas y con la determinación de transformar a fondo el sistema.

En estos momentos, la suerte parece estar ya echada: el descontento ciudadano ha alcanzado tales cotas que cualquier ofrecimiento de continuidad es visto como la mera ampliación de una antigua condena: no queremos más de lo mismo, responden millones de inconformes, desdeñando las bondades reales de la estabilidad macroeconómica y desconociendo airadamente cualquier logro del que pudiere jactarse el actual Gobierno. Y esos antedichos indignados —los que no necesariamente estiman al candidato de Morena— no necesitan siquiera que el hombre agite el sambenito de la “mafia del poder” para expresar una rabia que brota, hay que decirlo, de manera totalmente espontánea y natural. Su rechazo al “sistema” es instintivo y, por lo que parece, se expresará fatalmente el próximo 1º de julio.

En el escenario tenemos igualmente a los seguidores incondicionales de Obrador, desde luego, aquellos que no sólo no cuestionan sus modos de caudillo en ciernes sino que se entusiasman con su retórica, sus desplantes y sus provocaciones. No les inquieta la belicosidad apenas disfrazada del personaje ni la perspectiva de que, llegado al poder y sintiéndose emisario directo del “pueblo”, instaure un sistema autoritario e intolerante. Para ellos, él no es una suerte de mal menor: es su primerísima opción.

El gran asunto, sin embargo, es que ese hombre que lanza propuestas totalmente inviables, que reduce temas complejísimos a una ecuación rudimentaria entre partidarios suyos buenos y opositores caracterizados como enemigos, que deslegitima a las instituciones para poder agenciarse posteriormente más espacios de poder y que promueve soterradamente la división de los mexicanos, ese individuo no representa un cambio. No logrará tampoco a una profunda transformación de la sociedad mexicana. Ese individuo ha sido siempre parte del sistema y es, en esencia, un priista antiguo. No viene de fuera. Ha estado dentro todo el tiempo. Obrador promueve meramente un modelo que no funcionó en su momento —de otra manera, seríamos ya una nación próspera, productiva, avanzada y justa— y que, aplicado ahora en un entorno radicalmente diferente, dará todavía menos resultados. La globalización es un factor que ha modificado por completo los fundamentos del comercio mundial y las naciones son, hoy día, más interdependientes que nunca. Sin embargo, al aspirante presidencial de Morena parecen no importarle estas evidencias.

Con el paso del tiempo, la imposibilidad del cambio se manifestará de manera inexorable y significará una nueva desilusión para los ciudadanos después de otras tantas fantasías sexenales. Pero, en fin, en estos instantes suenan nada más las voces del descontento, la ira, la inconformidad y la venganza. Que así sea.

Esta columna es publicada con la autorización expresa de su autor.


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