El ganador en el debate
La salida de Margarita Zavala es, sin duda, un punto de inflexión en la campaña: al haberse retirado sin declinar por alguno de sus oponentes —instruyendo a sus seguidores a votar en conciencia— abre la puerta al planteamiento, lamentablemente novedoso, de por qué hacerlo en el sentido de uno u otro. La campaña, hasta el momento, no ha consistido sino en una sucesión de anuncios y descalificaciones, ataques y contrastes entre candidatos: ninguno de ellos ha dicho, en realidad, las razones por las que merece asumir la Presidencia de la República.

La segunda vuelta no existe en nuestro país: hasta el momento, la legislación mexicana no ha previsto un mecanismo para que, tras una primera votación sin mayoría absoluta, se realice una segunda entre los punteros que permita comparar las propuestas entre candidatos, una vez descartados quienes cuentan con menos oportunidades. En los hechos, sin embargo, Margarita Zavala la está propiciando.

Y no se trata de que su declinación sea relevante solamente por los puntos porcentuales que haya tenido en las encuestas. En este caso, los números no importan —a final de cuentas los cuatro puntos de Zavala no tendrían mayor incidencia en las condiciones actuales— sino lo que su renuncia propicia: en la explicación del por qué votar por cualquiera de los restantes no sólo son destinatarios quienes habían declarado estar dispuestos a votar por la candidata independiente, sino también —y por supuesto— los indecisos que bien podrían darle la vuelta a una elección que —sin duda y a pesar de no contar con los resultados del debate de anoche— no está definida en absoluto.

O que podría estarlo: todo depende del planteamiento que, tanto Ricardo Anaya como José Antonio Meade, elaboren sobre la manera de abordar la serie de batallas que se aproximan hasta el desenlace del proceso electoral. Batallas que no podrán ganarse, de ninguna forma, si los candidatos recurren —de manera exclusiva— al discurso negativo. Quien logre entenderlo —quien pueda demostrarlo en el debate— será el único capaz de enfrentarse con la maquinaria del único candidato que ha dado una razón para ser presidente. Una razón ilógica, una razón pueril, pero una razón que —sin embargo— convence a los oídos abiertos a escucharle: porque ya le toca.

Y no le toca. No en absoluto. No le toca, porque no se la merece: el ser mezquino y ruin, el criticar sin aportar, el juzgar sin enmendar desde hace casi 20 años no pueden ser las características de quien aspire al gobierno del país entero, y no tan sólo de sus incondicionales. Quien no escucha, y no rectifica; quien no mira, y no advierte; quien no sabe —simplemente— ver la virtud en el otro, no es capaz de advertir el error en sí mismo. Quien no sabe escuchar las críticas, no es capaz de cambiar el rumbo.

Ése es Andrés Manuel, de retrato completo. Un acertijo que se resuelve a sí mismo: sería ingenuo pensar que, quien ha sido de una manera durante toda su vida, es capaz de transformarse de un momento a otro. Que quien se alía con unos será leal a sus aliados anteriores, aunque se encuentren en las antípodas ideológicas. Que quien ha vivido del rencor será capaz, por fin, de tener caridad con alguien más que con el círculo que le beneficia.

El ganador en el debate será aquél que sea capaz de desentrañar un misterio —sin mayor misterio— y exhibir las incongruencias de López Obrador. El ganador en el debate será aquél que sea capaz de exhibir su intolerancia, de demostrar su ignorancia sobre los temas más elementales, de hacer que se muestre incómodo mientras repita, hasta el hartazgo, los puntos porcentuales que le hacen pensar que la contienda ha terminado. El ganador en el debate será quien logre demostrar la irrelevancia del tirano en ciernes, y sea capaz de articular propuestas claras y concretas. El ganador en el debate será aquél que esté convencido de que el arroz se cuece a su propio ritmo, y sea capaz de tenerlo listo el primero de julio.

No antes, no después.


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