El regreso del pasado
Veíamos ayer cómo el país se divide en dos, más o menos a la altura del paralelo 20 (norte de la ciudad de México, sur de Yucatán). Al norte de esa línea, el crecimiento económico por persona, entre 1995 y 2015, fue de 2.2% anual. Al sur, fue de la mitad, 1.1% cada año. Curiosamente, esa misma línea divide la votación entre los dos punteros: al sur, Morena se lleva 41% contra 21% del Frente; al norte, Morena tiene 25% y el Frente 29%. Si sumamos a éste la votación de Movimiento Ciudadano en donde va por separado, alcanza 39%. Casi un espejo.

En términos electorales, creo que es evidente que hay dos propuestas. Una es regresar al modelo que permitía un buen crecimiento en el sur (economía cerrada, mucha presencia del gobierno, etc.), pero que no es aceptable en el norte. La otra es tratar de convencer al sur de hacer lo mismo que ha hecho el norte, pero eso no está teniendo éxito. La causa, me parece, es que la diferencia entre ambas regiones no es un asunto simple, ni reciente, ni es preponderantemente un asunto económico.

El paralelo 20 coincide, a grandes rasgos, con esa región que desde 1947 se denomina Mesoamérica, y así la estudiamos en primaria. Más o menos empezando en Michoacán, Estado de México, Hidalgo y Veracruz, hacia el sur hasta Chiapas, Tabasco y Campeche. Se puede o no incluir a Quintana Roo, pero indudablemente Yucatán queda al norte. Era la región densamente poblada a la llegada de los españoles, mientras que al norte del paralelo se trataba de la frontera (incluso en Yucatán). La cruzaban los aventureros, casi siempre buscando plata y oro, que lograron encontrar en algunos lugares, en donde se fundaron pueblos mineros. También los religiosos, que construían misiones. Y un poco el imperio mismo, que ocasionalmente establecía presidios (fuertes).

Al sur, había población disponible, que es lo que buscaban los recién llegados. No se trataba de venir a “hacer la América” trabajando, sino de recibir tierras y habitantes para que las trabajaran. Durante los siguientes 250 años, México se construyó en ese espacio. Eso es el Virreinato, propiamente hablando, desde 1521 y hasta 1763, cuando las Reformas Borbónicas alteran por completo el equilibrio vigente. Dos siglos y medio no son poca cosa, aunque en nuestros libros de texto de historia apenas reciban unos pocos párrafos. Las tradiciones, costumbres, creencias y reglas se construyeron en ese tiempo. Esas tradiciones, costumbres, creencias y reglas es lo que trataron de romper las Reformas Borbónicas y los Liberales del siglo XIX. Ambos fracasaron, el pasado regresó. Primero con la Independencia, y luego con la Revolución. En Cien años de Confusión documenté cómo el régimen Cardenista no es otra cosa que un regreso a ese pasado colonial, siguiendo la intuición de Richard M. Morse (a quien Krauze dedica ahora la primera parte de su reciente libro, El Pueblo soy Yo).

En otras palabras, el régimen de la Revolución no es sino la recuperación de las instituciones construidas durante el Virreinato. Y eso significa: al sur del paralelo 20, es decir, Mesoamérica. Hace ya 20 años que Engerman y Sokoloff mostraron cómo las condiciones a la llegada de los europeos a América influyeron de forma determinante en la construcción de instituciones que al cierre del siglo XX seguían vigentes: en el Caribe, en el sur estadounidense, en buena parte de América Latina. Sin duda, en México, pero específicamente allí en donde fueron construidas por dos siglos y medio, y fueron recuperadas durante el siglo pasado.

No debe haber sorpresa en que al sur del paralelo 20 la mitad de la población quiera el retorno del viejo régimen. Tampoco debería haberla en su mal desempeño económico. El origen es el mismo.

Esta columna es publicada con la autorización expresa de su autor.
Publicado originalmente en El Financiero.


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