Excepcionalidad de Venezuela
La historia reciente de América Latina, digamos desde la I Guerra Mundial, abunda en experimentos populistas, de izquierda y de derecha, como gustan clasificar. También hemos tenido buen número de crisis económicas, especialmente desde los años ochenta. Sin embargo, no hay nada parecido a lo que hoy ocurre en Venezuela. La inflación que sufren sólo es comparable a la sufrida por Bolivia en 1985, pero en ese país no hubo la contracción económica y la escasez que hoy campean en Venezuela. Anatoly Kurmanaev fue corresponsal del Wall Street Journal en ese país por cinco años. Lo han cambiado de asignación, y escribió un texto llamado “La tragedia de Venezuela”, que publicó ese periódico la semana pasada. Es un reporte desgarrador de lo ocurrido en ese tiempo. Lo termina diciendo: “Cuando veo mis cinco años en Venezuela, no es el tiempo ocupado cubriendo revueltas, protestas violentas o pandillas lo que me produce más sentimientos. Es el deterioro paulatino de las personas que veía cada día”.


Venezuela fue, desde 1921, uno de los países más ricos de América Latina. Su transformación en una crisis humanitaria requiere explicación. Muchos otros líderes populistas han llegado al poder en otros países latinoamericanos, pero eventualmente han sido desplazados. Casi siempre como resultado de problemas económicos, a veces por una oposición que logra reemplazarlos, a veces por un golpe militar. En Venezuela, nada de eso ha ocurrido, a pesar de que desde la muerte de Chávez era ya evidente el fracaso económico.

La permanencia de Nicolás Maduro en el poder es un fenómeno inusitado. No tiene mayores cualidades políticas, ni mucho menos administrativas; la economía ha caído continuamente desde su llegada a la presidencia; ha habido tres elecciones desde entonces (dos presidenciales). Como ayer comentábamos, esto sólo puede explicarse por la combinación de una oposición dispersa e inútil, y unas fuerzas armadas que no desean rebelarse. Lo primero también ha sido frecuente en América Latina, y por eso han sido los militares los que rompen con gobiernos claramente destructivos. Es el papel pasivo de los militares lo que debe llamar la atención.

Creo que hay dos explicaciones a ello. En respuesta al intento de golpe de 2002, Chávez buscó impedir cualquier sorpresa al interior del ejército. Lo logró incrustando en él mandos cubanos, y rodeándose de personal de inteligencia de ese país. A partir de entonces, Venezuela se convirtió en un apéndice de Cuba. Es algo muy extraño: un país pequeño y pobre logró parasitar otro mucho mayor y más rico. Hubo informes el mes pasado de Venezuela comprando crudo para poder regalarlo a Cuba, porque su propia producción ya no le alcanza.

Como es sabido, los Castro se han mantenido en el poder por 60 años gracias a su sistema de inteligencia: los comités de defensa revolucionaria impedían cualquier intento de oposición política, mientras que el ejército se convertía en una casta aparte, sin interés en arriesgar privilegios. Eso mismo se hizo en Venezuela. Entre los privilegios de los militares, se incluyó el narcotráfico, del que se han beneficiado los más altos mandos. Algunos incluso tienen ya procesos abiertos en Estados Unidos. La imposibilidad de romper desde dentro al régimen ha permitido que la crisis en Venezuela rompa todos los registros previos en América Latina. Las condiciones internacionales no han favorecido la búsqueda de una salida externa. Se estima que el 10% de los venezolanos ya ha abandonado su país. El resto, ha perdido la salud, e incluso peso. Ése es el deterioro que vio Kurmanaev, que vivió la caída de la URSS en su juventud, pero ha sido Venezuela lo que le ha sorprendido. Esto hace excepcional a Venezuela.

Esta columna es publicada con la autorización expresa de su autor.
Publicado originalmente en El Financiero.


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