El Gran Premio de la austeridad
El Gran Premio (GP) de México es más importante de lo que parece. No sólo por el evento en sí mismo, cuya derrama económica es indudable y que, además, ofrece al mundo una imagen de modernidad —y capacidad de organización— que dista mucho de la información que se difunde, de manera cotidiana, sobre nuestro país. El GP de México no es tan sólo una carrera de autos o un evento para las élites: el GP de México es una prueba fehaciente de lo que somos capaces de hacer. Para bien, o para mal.

Para bien, porque el evento —que ahora se cuestiona— ha recibido el reconocimiento como el mejor del mundo por tres años consecutivos. Para mal, porque su pretendida cancelación por razones de austeridad no es sino una muestra de la forma en que dicho argumento será utilizado para justificar cualquier ocurrencia, como la de los salarios de los servidores públicos, la reducción a la Suprema Corte de Justicia o la cancelación del evento con mayor difusión internacional. Todo en nombre de la austeridad.

Austeridad por todos lados. A pesar de que es innegable que nuestro país enfrenta graves problemas que es preciso resolver de inmediato, como la corrupción, la inseguridad y —sobre todo— la desigualdad, la crisis económica —como tal— no es uno de ellos. La casa está desorganizada —sí, mucho— pero en absoluto se tambalea o está en llamas, como lo indican las grandes calificadoras internacionales que otorgaron —hace unos cuantos meses— la calificación de “estable” a la economía mexicana en tanto López Obrador no realizase cambios radicales, sobre todo en materia energética. Como no los está haciendo, para no caer en crisis.

La austeridad es, sin embargo, un camino sin retorno. Y más si se sostiene como bandera ideológica y, peor aún, como elemento de reivindicación social en un escenario de poder absoluto —sin contrapesos de ningún tipo— como el que se perfila para la siguiente administración. El riesgo es inmenso: en una crisis generada por motivos internos, como la del 95, o en una fruto de motivos externos, como la del 2008, se sabía que las medidas de austeridad —que son las que lastiman a la población en general— terminarían en cuanto los indicadores económicos así lo señalaran; en lo que se avecina, las medidas de austeridad terminarán cuando Andrés Manuel así lo disponga. “Estamos en crisis”, repite a cada instante sabiendo que, dueño del Congreso, los sindicatos, las redes sociales y de la mayor parte de la opinión pública, más austeridad es sinónimo de mayor control sobre sus adversarios —a quienes estrangulará con los delegados estatales cuya función, en los hechos, no será otra que la de abrir o cerrar la llave de los recursos a los gobernadores según se alineen con el gobierno federal.

La austeridad se convertirá —se está convirtiendo, se ha convertido— en lo nuevo políticamente correcto —sin más, lo que queda de la oposición la ha aceptado sin chistar— y en su nombre no sólo se tratarán de justificar ocurrencias como la del Gran Premio, sino que también se exigirán sacrificios mucho mayores que la cancelación de un espectáculo popular. La centralización del gasto público, con la austeridad como bandera, dejará fuera de mercado no sólo a los grandes proveedores presuntamente corruptos, sino a decenas de miles de pequeñas y medianas empresas que se han desarrollado, cumpliendo con la ley, en un ecosistema que será cortado de tajo: las tecnologías de la información serán las primeras afectadas, pero a ellas seguirán —sin duda— proveedurías de servicios, de todo tipo, que verán cancelada una importante fuente de ingresos. No los corruptos, ni los fifís: empresas de mantenimiento, de limpieza, de alimentos. La política de austeridad, como en todos los países, no es sino el principio de la depauperación de la clase media.

La austeridad requerirá de sacrificios: quien ha pedido a las víctimas que perdonen a los criminales no dudará en exigir cualquier cosa del resto de la ciudadanía y así generar, al mismo tiempo, la percepción de crisis continua capaz de alimentar al Leviatán que está creando. La recompensa no es pequeña: el poder absoluto es el gran premio de la austeridad.

Esta columna es publicada con la autorización expresa de su autor.


Artículo Anterior Artículo Siguiente