Independencia y Federalismo
Cuna, pionero, inspiración, ejemplo de aspiración social y política, modelo de Estado, y entre otras virtudes, paradigma a seguir en el diseño y estructuración de instituciones, que generen sistemas políticos capaces de producir gobernabilidad y democracias de calidad, para cada una de las repúblicas que lo adoptan como modelo de organización política; esa fuente de inspiración política, lo es el federalismo americano, el federalismo que inventaron los Estados Unidos de América.

Poco tiempo después de terminada la guerra para independizarse de la corona inglesa, de las trece colonias norteamericanas surgieron los Estados Unidos, como un sistema político federal. Surgió en un contexto donde trece Estados recién nacidos (en transición de su estatus colonial, a Estados libres y soberanos), deciden federarse (unirse) para defenderse de las amenazas del exterior, encabezadas por aquellos países de la época, que contaban con potencial económico y militar, para, eventualmente, someter a esos Estados en ciernes.

Esas trece colonias, que eran prósperas, contribuyeron con muchos recursos, para la formación de un gobierno federal fuerte, que muy pronto se convirtió en ejemplo a seguir por varios países, principalmente del continente americano. Uno de esos países era el nuestro, -sí, nuestro México-, que en ese entonces era también una colonia (sólo una, no más), pero compuesta por una multitud de naciones (diferentes grupos étnicos), pero de una sola pieza, no había estados soberanos, había provincias. Como se trataba de una sola colonia (no dos o más), al independizarse, lo que tenía que haberse hecho, era construir un estado unitario, no federal; entonces, lo que estaba unido, se dividió. Tristemente, nos equivocamos.

Sabemos que sobre el federalismo mexicano y sus supuestas bondades, se han escrito infinidad de textos, señalándolas, y tratando de justificar nuestra presunta naturaleza federalista; no obstante, me quedo con la idea que sembró en mí, un recordado profesor universitario, que visualizaba al federalismo mexicano como “…un cuento para estúpidos…”, argumentando que la academia y la intelectualidad, por interés o por falta de profundidad, lo justificaba sistemáticamente como el mejor camino para convertirnos en una república próspera, y sin embargo, como resultado, vemos y tenemos una República que se está haciendo pedazos.

Palabras más, palabras menos, señalaba que al concluir el proceso de independencia mexicano, nuestros aclamados próceres, se dieron a la tarea de repartirse el botín, dividiendo el territorio de la naciente república, y de ese reparto divisorio, nacieron los primeros estados de la república, los cuales -más rápido que pronto-, se convirtieron de facto, en propiedad de los hombres fuertes de cada uno de esos diferentes territorios, siendo en muchos casos, verdaderos señores feudales.

Así, los hombres fuertes de la independencia nacional, encontraron en el federalismo estadounidense, la justificación perfecta para sus intereses particulares, y con el naciente federalismo mexicano, crearon un presidente débil, sin la fuerza suficiente para inmiscuirse en sus feudos; por ello, quizás el empeño de los subsecuentes presidentes mexicanos, de buscar históricamente los medios necesarios para someterlos.

Sin embargo, no obstante que el federalismo está en la raíz de nuestra historia, de la Constitución de 1824 hasta el año 1997, no funcionó; de hecho, el Estado federal mexicano, ha sido casi siempre un Estado unitario (de una solo pieza); y bueno, la defensa de algunos del sistema federal es entendible, porque es un modelo que les garantiza rentas en abundancia. En México, el federalismo es un modelo que únicamente sirve para extraer rentas a la población; es un federalismo que sirve como mecanismo extractivo, expoliador.

Pero a partir de 1997, cuando empezó a aplicarse realmente el federalismo en México, todo se descompuso. Bastó que empezara su funcionamiento en la práctica, para que el presidente en turno perdiera fuerza frente a los nuevos caudillos regionales (y su poderoso sindicato), y para que éstos se dedicaran a saquear y endeudar a sus estados sin recato alguno, además de extraer rentas a la población por todos los medios imaginables; sí, todos los medios posibles.

En este contexto, el inmoral saqueo llegó a su máximo esplendor a partir de 2012, con la llegada de la gavilla peñista, y con gran parte de la denominada clase política, sembrada en todas las entidades y municipios.

Así, el saqueo sin freno alguno, fue -sin duda- uno de los factores que en las pasadas elecciones, volcó a los electores a dar todo el poder a quien reiteradamente había prometido combatir la corrupción; y en consecuencia, una de las primeras medidas anunciadas por el ahora presidente electo, ha sido la creación de una figura política de contrapeso, o de plano, que supla a los gobernadores constitucionales: los denominados coordinadores estatales.

En los hechos, aparentemente volveremos a ser un Estado unitario, pero con una fachada federalista.

Ahora bien, si de lo que verdaderamente se trata, es construir la cuarta república, se debe corregir este mal crónico, y reformar al Estado federal. En el mundo, hay estados unitarios reconocidos como democráticos, y que tienen democracias de mayor calidad que la nuestra.

¿Le entraremos a corregir el rumbo, o le seguiremos haciendo al cuento de los estados soberanos y los municipios libres?

Nos leemos el próximo domingo.


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