Obrador: su inentendible postura de no ser protegido
Los hombres públicos, como la práctica mayoría de la gente con la que nos atravesamos en la vida, son unos perfectos desconocidos para nosotros. Naturalmente, ellos se fabrican deliberada y calculadamente una imagen pero es poco lo que realmente sabemos de ellos y las más de las veces la figura que miramos en las pantallas de la tele no tiene gran cosa que ver con el personaje real.

Suponemos e imaginamos cosas, eso sí, y a partir de ahí les colgamos atributos que no tienen o les imputamos descomunales defectos. Al final, seguimos sin enterarnos de sus razones de fondo, del origen de sus impulsos y de sus motivaciones.

Pienso en Obrador, justamente, a propósito de su renuencia a disponer del aparato de seguridad que se les brinda obligadamente a los jefes de Estado, y me pregunto por qué rechaza la asistencia de profesionales específicamente entrenados para proteger a quienes, por la función que desempeñan, están particularmente expuestos a sufrir atentados y ataques.

Lo de los magnicidios fue práctica corriente en México al punto de que no hubo casi protagonista de nuestra Revolución que no fuera asesinado, desde Madero hasta Álvaro Obregón, pasando por Carranza y José María Pino Suárez, por no hablar de las muertes de Villa y Zapata, grandes caudillos de la sangrienta guerra civil que conllevamos los mexicanos a principios del siglo pasado.

Vivimos ahora tiempos de paz, desde luego, aunque en muchos territorios del país estén ocurriendo espantosas atrocidades en la lucha contra las organizaciones criminales y que el parte de bajas sea espeluznante. La protección de un jefe de Estado, sin embargo, no resulta necesariamente de circunstancias extraordinarias sino que es un recurso comúnmente utilizado en todas las naciones y en todos los regímenes políticos. ¿Por qué no quiere el futuro presidente de la República que lo resguarden?

El argumento de que contará con la salvaguarda del “pueblo” es punto menos que insostenible: así fuere que los canallas y los homicidas desaparecieren por arte de magia, los mexicanos no tienen como misión personal amparar al primer mandatario sino que desean simplemente poder vivir sus vidas. En fin.

revueltas@mac.com
Esta columna es publicada con la autorización expresa de su autor.


Artículo Anterior Artículo Siguiente