Servicios, no productos
Ayer comentamos con usted una de las tendencias más importantes que van a marcar los próximos años. Bueno, en realidad, es todo un conjunto: menor crecimiento poblacional, envejecimiento, deuda creciente, falta de financiamiento a mediano plazo. Todas ellas, sin embargo, se reflejan hoy mismo en un solo precio: la tasa de interés. Como usted recuerda, para enfrentar la Gran Recesión de 2008, los bancos centrales de los países desarrollados redujeron su tasa de interés de referencia a prácticamente cero, y además soltaron cantidades ingentes de efectivo.

La idea era evitar un fenómeno como el de 1929 cuando, frente a una restricción de crédito, se limitó el dinero y se provocó con ello la Gran Depresión. Hubo éxito y las economías se han recuperado, aunque generando menos empleos (tendencia que ya venía de mucho antes). Sin embargo, cuando los bancos centrales intentaron regresar a la normalidad, se encontraron con que el público no lo acepta. No han podido subir la tasa, y a diez años de la crisis, ésta se encuentra por debajo de la inflación.

Para quienes deben dinero, ésta es una excelente noticia, porque su deuda se va reduciendo con el tiempo, sin necesidad de hacer nada. Para los que han prestado, la noticia es pésima: su patrimonio se está erosionando. El asunto es que los más grandes deudores hoy son los gobiernos, y los acreedores son los trabajadores que esperan un día jubilarse. Con tasas negativas, los jubilados tienen un futuro cada vez más negro, mientras que los gobiernos podrían aprovechar para equilibrar sus cuentas, pero no lo hacen: con una tasa real negativa, se están endeudando más.

Lo que esto significa es que la cantidad de personas que cree que en el futuro se producirá más riqueza es muy inferior a la que cree que eso no ocurrirá. Porque eso es lo que la tasa de interés implica: la combinación de las expectativas de millones de personas. Abundan los pesimistas, porque se imaginan un mundo en el que habrá menos personas en los países ricos, que son las que consumen, pero además porque ya perciben que el volumen de consumo es ahora muy diferente.

Hace unos días, Tyler Cowen, un reconocido pesimista (y economista), escribió un texto de opinión para Bloomberg, en el que muestra gran preocupación porque los estadounidenses ya no adquieren cosas, sino más bien los servicios asociados a ellas. No se compran libros, sino se contratan los libros electrónicos (que no son ni objetos, ni en realidad propiedad del comprador); no se compran películas o series, sino se ven en servicios de “streaming”; no se compra auto, sino que se utiliza algún servicio para trasladarse. La creciente presencia de aparatos electrónicos, sobre los que no se tienen derechos totales de propiedad, es un elemento adicional. Para Cowen, eso puede tener un efecto negativo en la concepción del derecho de propiedad, que es parte fundamental del liberalismo clásico.

No entro en esa discusión, pero notemos que si el volumen de objetos adquiridos por una persona se reduce, esto implica una economía totalmente diferente. Así que la transición demográfica-de bienestar que platicamos, y que es un asunto financiero global muy delicado, hay que ponerla ahora en el contexto de una forma de consumo totalmente distinta de la conocida.

En la prensa y discusiones de café, se asocia este nuevo patrón de consumo a los llamados millennials. Es más bien un tema de transformación tecnológica, seguramente más evidente en menores de 40 años. En cualquier caso, le insisto: de aquí al 2030, o poco más, la economía mundial será muy diferente, y tendremos un tema financiero sumamente serio encima. No sobra el tiempo.

Esta columna es publicada con la autorización expresa de su autor.
Publicado originalmente en El Financiero.


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