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A partir de la elección, hace ya seis semanas, la agenda pública ha sido capturada por el nuevo gobierno. Como ya lo han hecho notar muchos colegas, a un nivel muy superior al visto en cualquier otro cambio de administración en el pasado reciente. Aquí en Fuera de la Caja intentamos salir un poco de ese torbellino, y le hemos dedicado una semana entera a temas económicos (hace tres), y otra a platicar con usted acerca del marco de referencia que utiliza esta columna. Pero tampoco se puede estar demasiado lejos de la discusión pública, aunque sería lo más recomendable.

Esta captura de la agenda tiene el defecto de que la discusión se concentra en puros dichos, porque hasta el momento nada de lo que ha hecho el triunfador de la elección tiene peso legal, salvo la recepción de su constancia como Presidente electo hace unos días. Lo demás, hasta el momento, es enumeración de intenciones, promesas, o amenazas, que para hacerse realidad tendrán que esperar. Algunas hasta el 1 de septiembre que inicie la nueva Legislatura, y otras hasta el 1 de diciembre, que toque turno a la nueva administración.

En consecuencia, estamos discutiendo puras palabras. Sin duda es importante hacerlo, especialmente para ir fijando ciertos límites, desde la sociedad, a un gobierno que no tiene casi ninguno, después del triunfo avasallador. Pero se corre el riesgo de agotar energías en trampas bien elaboradas por quien sin duda es experto en ello. Como ya comentamos alguna vez, el triunfo de López Obrador es resultado de la capacidad que tuvo el candidato, y su equipo, para construir una percepción de la realidad cuya conclusión obvia era el cambio total del sistema político. Durante una década, exageraron los errores y minimizaron los éxitos de las administraciones en curso, centrándose en el desarrollo de emociones al respecto: “no más sangre”, “somos 132”, “nos faltan 43”, etc.

Los indudables errores y abusos de los gobernantes daban materia prima, sin duda. Pero convencer a los mexicanos de que se vivía el peor momento de la historia fue un gran éxito de comunicación política. Quienes lograron eso, ahora controlan la agenda pública, no sólo desde su plataforma tradicional, las redes sociales, sino haciendo uso del resto de la panoplia: medios masivos urgidos de subordinarse, otros medios que no quieren quedar fuera, empresarios y políticos tratando de entender el nuevo entorno, y también opinadores que critican y hacen cierto el dicho de Reyes Heroles: lo que resiste, apoya.

La innegable capacidad de López Obrador y su equipo para controlar la agenda pública, que conocemos desde sus tiempos en el Gobierno del DF, es ahora, me parece, el principal problema que tenemos. Los opositores, para no caer en el garlito; los ganadores, para evitar que cuando el discurso choque con la realidad, como lo hará, la decepción popular no sea inmanejable. No se debe olvidar que, en sus tiempos como gobernante de la Ciudad de México, López Obrador no pudo sobrevivir a ese choque, y fue el desafuero el que le devolvió vida política. Antes de ese enfrentamiento, la incompetencia administrativa ya era evidente. Pospuso un poco la debacle inventando los segundos pisos, pero fue el desafuero lo que le salvó.

Esta columna seguirá intentando evitar la vorágine declarativa, en lo posible. Es importante recordar que los verdaderos límites para el próximo gobierno vendrán desde fuera: las relaciones con el resto del mundo, especialmente Estados Unidos; los flujos financieros; el ritmo del comercio; el proceso iliberal. De eso también tenemos que hablar.

Además, acerca de lo que hoy propone el nuevo gobierno, hemos escrito por más de 15 años, y las conclusiones siguen siendo las mismas.

Esta columna es publicada con la autorización expresa de su autor.
Publicado originalmente en El Financiero.


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