¿Federalismo, división y equilibrio de poderes?
Pensar en la propuesta de AMLO sobre la cuarta transformación en términos aceptablemente democráticos, nos obliga a pensar en cómo rediseñar nuestras instituciones, más allá del reformismo electoral, que lo más importante que ha logrado, es podrir al sistema de partidos con montones de dinero, y en términos de la transformación del presidencialismo mexicano (acotado por todos lados), nos regresó por lo menos un siglo.

Se antoja difícil que un presidente que tendrá más poder que los mismísimos Obregón o Calles –juntos-, esté dispuesto a renunciar a un regalo que le dieron las instituciones democráticas, pensadas para conjurar el pasado autoritario: las facultades meta constitucionales, y fortalecer nuestra vida democrática, por medio de una partidocracia inepta y cleptómana, esa democracia qué, en la percepción social, se advierte como cara, ineficiente, corrupta, perversa, y de pírricos resultados.

La idea o el objetivo político de construir una democracia medianamente aceptable, o por lo menos que garantice condiciones de alternancia, nos ha cegado, y el mismo afán por tener un presidente acotado (dizque para que no abuse del poder como lo hizo el presidente saliente), nos hizo perder de vista que necesitamos un presidente fuerte, pero acotado con otros mecanismos.

Ingenuamente pensamos que, a nivel teórico del federalismo, los estados subnacionales forman parte de un diseño infalible de pesos y contrapesos (como si esos feudos políticos, en los hechos fueran estados soberanos de verdad, -en el sentido más amplio del término- y se abstuvieran de saquear sus respectivas arcas públicas) y como si tuviéramos una división de poderes real, y como si hubiese equilibrio entre ellos.

Feudos subnacionales y municipios sometidos que, de facto, ni son estados soberanos ni municipios libres, están lejos de coadyuvar a que se cumpla el postulado federalista de los contrapesos, en tanto que la división y equilibrio de poderes, son una quimera, ya que institucionalmente, (genéticamente), dependen del poder presidencial, y como tal, difícilmente podrán funcionarle como pesos y/o contrapesos.

Si bien, los pesos y contrapesos son esenciales en un régimen democrático, los que ahora tenemos, no servirán de mucho para lo que viene, sobre todo en lo que toca a los otros órdenes de gobierno, órganos de fábula, que nunca han tenido rumbo y nos empeñamos en empoderarlos.

Ahora descubriremos, que los contrapesos institucionales, políticos y sociales, sólo son de papel, y sólo existen en el mundo abstracto de la reflexión intelectual, -por lo menos en México- y no se requiere bola de cristal, para ver que los que tenemos hoy, no servirán mañana. Sin ser pesimista, se observa que el diseño institucional ha sido muy deficiente.

Por el momento, dejaremos los estados y municipios para otra ocasión, y nos concentraremos en la hegemonía institucional del poder ejecutivo, la cual genera dependencia genética y subordinación, tanto del poder legislativo como del judicial.

En pocas palabras: el ejecutivo es el padre de los otros dos poderes; no es invención mía, así se diseñaron las instituciones. Veamos rápidamente cada uno de los casos.

En el caso del Ejecutivo, es un tema ya muy explorado, pero quizás no abordado bajo la óptica de los pesos y los contrapesos, y su relación con la no reelección legislativa.

La no reelección legislativa -consecutiva e ilimitada- genera dependencia política (del legislador) del jefe inmediato superior; en uno de los casos, dependencia de los dueños de los respectivos partidos políticos (es lo que generó ese otro monstruo llamado partidocracia).

En otro de los casos, causa dependencia del dueño del partido, que además hoy es presidente electo de la república. La votación y la rectificación de la solicitud de licencia de Manuel Velasco, es un indicador claro de quién es el dueño de esos legisladores, y de que la subordinación de ese poder a un personaje que aún no asume como titular del poder ejecutivo, no deja lugar a dudas sobre la superioridad de ese poder, o si se quiere personalizar, no deja duda de quién es el Peje Máximo.

Así de clara es la dependencia y subordinación del legislativo al presidente electo; el saliente, solo mira y prepara sus maletas, como cualquier presidente del Maximato.

El otro caso, el del poder judicial, no es muy diferente, si los asustan con la amenaza de quitarles unos pesos; imagine qué no harán por no verse privado de ellos. Si bien, por el momento los actuales ministros son en buena parte herencia del gobierno saliente, ¿qué peros pondrán los legisladores sumisos, a las propuestas de nuevos ministros que en su momento haga el nuevo presidente?

El ejecutivo, institucionalmente, tiene la fuerza suficiente para influir en la conformación y dirección del poder judicial, pero creemos que lo hace el legislativo después de una escrupulosa selección. ¿Qué pasará si el poder judicial trata de jugar a la división y al equilibrio?; casi nada, bastará organizar una consulta popular, constitucional o a mano alzada, para persuadirlos o removerlos, y tener un poder judicial a modo.

Para una división y equilibrio de poderes de fantasía: una democracia de fantasía, derechos humanos de fantasía y combate a la no discriminación, también de fantasía.

Como dicen los incrédulos en mi rancho: puro cuento.

Hasta la próxima.


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