Identidad
El martes pasado se publicó el nuevo libro de Francis Fukuyama: Identidad. La demanda de dignidad y la política del resentimiento. En él, Fukuyama explica su interpretación de lo que ocurre hoy en el mundo occidental, en donde la democracia parece derrumbarse (de eso, mañana platicamos más). Como parte de este derrumbe, es muy evidente la creación de islas (como las hemos llamado en esta columna). Grupos de personas que tienen ideas y acciones en común, que antes no se conocían, pero que ahora con las redes sociales pueden no sólo trabar contacto, sino construir grupos virtuales alrededor de esas ideas y acciones. Estos grupos, por definición, habían sido marginados (de hecho, ni siquiera existían). Hoy buscan más que reconocimiento, buscan poder.

Lo que define a esos grupos es lo que en Estados Unidos llaman identidad. Algo que los identifica y reúne, y que en buena medida es algo que viene de nacimiento o de la primera infancia: color de piel, género o preferencia sexual, creencias. Una vez que se cruzan varias de estas variables, el grupo puede ser más o menos grande, pero siempre tiene un agravio pendiente. Fukuyama asocia este agravio con la dignidad (thymos, en griego). Sostiene que la búsqueda de una dignidad pareja, mínima, la isothymia, es algo que debe ocurrir, pero que frecuentemente puede llevar al exceso: la megalothymia, que no corresponde a tener una dignidad igual a otros, sino a un reconocimiento superior.

En alguna ocasión comentamos aquí (me parece que en relación al más reciente libro de Mark Lilla) cómo en los años setenta empezó a desaparecer la izquierda tradicional, la que defendía a los trabajadores y sus organizaciones, y empezó a reemplazarla una política de grupos: defensa por género, por color de piel, por preferencia sexual. Alguna de las interpretaciones del “multiculturalismo” resultó útil en ese proceso, después sostenido en el relativismo cultural, y eventualmente en el nihilismo absoluto. Una vez ahí, en donde todo es igual, la cuestión es de simple poder. Ahí estamos ahora, me parece.

Fukuyama busca una genealogía de este proceso y la encuentra en una conexión curiosa: Lutero en el siglo XVI, Rousseau en el XVIII, tal vez Herder en el XIX. No parece ubicar algo que aquí hemos comentado: los ciclos de pensamiento 1 y 2 en las sociedades, los momentos emocionales e irracionales cuando la sociedad pierde la referencia e intenta construir una nueva. Momentos que resultan, al menos en los últimos 500 años, de la combinación de nuevas tecnologías, comunicaciones y un momento de estupor. A inicios del siglo XVI, la imprenta y el descubrimiento de América (continente nuevo, imposible de entender bajo la lógica teológica de entonces), ponen en modo 1 a Europa, que intenta reconstruirse alrededor de la Fe, pero sólo logra la peor violencia registrada en la historia.

A mediados del XVIII, los periódicos y el terremoto de Lisboa provocan un nuevo modo 1, que ahora intenta usar a la Naturaleza como la referencia. Rousseau es el profeta, “libertad, igualdad y fraternidad” es el lema, y la guillotina es el resultado. En 1916, la combinación de medios audiovisuales y una guerra interminable, en la que se mata de forma industrial, nuevamente nos encarrilan en modo 1, tratando que construir las sociedades alrededor del Estado como eje: otra vez millones de muertos en aras del Nacionalismo, el Comunismo y el Fascismo.

Fukuyama no percibe esa conexión, y me parece que por eso el libro no alcanza a tener una conclusión creíble. Él propone recuperar el nacionalismo para frenar la dispersión en grupos, identidades, que está derrumbando la democracia. Dudo que por ahí se llegue a algún lado.

Esta columna es publicada con la autorización expresa de su autor.
Publicado originalmente en El Financiero.


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