Los puños que se levantan
Gracias, México.

Todo comenzó con una sacudida. Violenta, inesperada. Intempestiva. En un instante, los pensamientos se agolparon: la fecha coincidente, el simulacro recién terminado, la ausencia de la alerta sísmica. El azoro no acababa de convertirse en sorpresa cuando llegó la segunda, la tercera, la alerta sísmica que yaparaqué, las paredes que se resquebrajaban, los edificios que crujían y se perdían entre nubes de polvo cuando ya no era posible caminar, cuando todo se mecía de un lado al otro, los muebles se movían en círculos, las cosas comenzaban a caerse, los libreros a voltearse.

El silencio repentino de una zona bulliciosa, interrumpido por los gritos de terror, las alarmas de los coches y los edificios que crujían —seguían crujiendo. El movimiento interminable, la angustia por los seres queridos, el miedo al que se sobrepone el instinto de supervivencia ante las trepidaciones, el polvo y el cascajo que se desprenden de las paredes, el fragor del edificio que se colapsa a cincuenta metros, mientras todo sigue bamboleándose y parece no terminar jamás.

Escombros y papeles, vidrios rotos, objetos que antes parecían importantes. Escaleras inciertas, luces de emergencia. Afuera, la gente se abraza y llora, los gritos desconsolados, los teléfonos que no funcionan. En la esquina tratan de revivir a un infartado, las nubes de polvo no han terminado de bajar, el olor a gas comienza a dominarlo todo y la gente corre hacia el centro del parque en busca de un espacio seguro, mientras comienza a difundirse la información —conforme la señal se recupera— y a cuentagotas se confirman los peores temores.

Ámsterdam y Laredo, alguien grita, como se gritó en Escocia, en Álvaro Obregón, en la calle o el colegio Rébsamen o en muchos otros lugares. La gente corre entre las nubes de polvo y se distingue, en donde antes estaba un edificio, una pila —que se desparrama hacia la calle— de escombros y ropa, muebles y libros, papeles desperdigados. Gente ensangrentada, voces pidiendo ayuda, crisis nerviosas en las banquetas. El olor a gas persistente, el temor fundado de una réplica, la desolación de quienes han perdido hogar y familia. El esfuerzo frenético, las filas que se forman, las caras que se reconocen. Los puños que se levantan.

Los puños que se levantan. Ante la parálisis inicial de las autoridades de la ciudad, y en tanto llegó la ayuda del gobierno federal, quien se encargó de organizar las labores de búsqueda y rescate, de brindar los primeros auxilios, de conseguir alimentos y medicinas, fue la propia sociedad civil. Desde el millennial que asume la autoridad, y encabeza los rescates, hasta la madre de familia que prepara bocadillos con sus hijas pequeñas, quien pone su casa a disposición de unos desconocidos o quien no dudó en abrir las puertas de su negocio y vaciar su inventario. Los ejemplos sobran y, conforme fueron pasando los días, se hizo cada vez más evidente el rol de la ciudadanía como elemento fundamental del Estado mexicano, capaz de unirse en torno a los valores arquetípicos de la sociedad mexicana, como la generosidad y la solidaridad, y colaborar con las autoridades o incluso suplirlas, de ser necesario. El terremoto sacó lo mejor de una sociedad que había dejado de creer en sí misma y no había sido capaz de unirse aún en los momentos más apremiantes.

Todo comenzó con una sacudida. Violenta, inesperada, intempestiva, y que no sería sino el preludio de la que habría de sufrirse unos meses después, con el resultado de una elección en la que, la misma ciudadanía que no dudó en organizar su propio rescate una vez, expresó su repudio abrumador a un sistema que dejó de tenerla como prioridad. Ha pasado un año del terremoto y, con toda certidumbre, el país no es el mismo que conocimos antes de la primera sacudida: lo que antes eran expectativas, hoy son realidades que tan sólo esperan su turno para probar lo prometido durante dieciocho años. En esta ocasión, sin embargo, la alerta de lo que viene ha sonado —sin parar— desde el Congreso. Hoy, como hace un año, habrá que esperar a que termine el bamboleo para levantar los puños y volver a organizarnos.


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