La crisis de los migrantes: por qué escuchar a AMLO
En el ombligo de la luna. Justo en el centro, en medio, en el cruce entre dos realidades: al norte, la nación más desarrollada del mundo; al sur, los países con los índices de pobreza y violencia más altos del planeta. Al norte y al sur, el interés político de individuos que sólo ven por sus propios intereses; en el país del ombligo de la luna, también.

Las imágenes son poderosas: la vulnerabilidad de los migrantes, el caudal de gente que rompe la frontera, la policía estupefacta que no sabe cómo reaccionar. Miseria humana: la opinión pública, cobrando facturas y estableciendo compromisos con la próxima administración; las redes sociales, pendientes de lo políticamente correcto y regodeándose en la culpa de lo que no se hace por los propios migrantes; los actores políticos, sin mayores escrúpulos, tratando de aprovecharse de la situación. Al norte, al sur, y en el medio, sólo basta con hacerse una pregunta: ¿quién gana con todo esto?

Al norte, Donald Trump, sin duda. El Presidente norteamericano se enfrenta a la recta final de unas elecciones intermedias que podrían ponerlo contra las cuerdas y terminar con su mandato, de manera anticipada, en el caso —muy probable, hasta este momento— de que los demócratas se hicieran con el control del Congreso. La caravana migrante, su desarrollo y su lenta aproximación al territorio estadunidense, son una oportunidad de oro para recordar a la base más dura de su electorado que las amenazas que —supuestamente— se ciernen sobre  Estados Unidos son una realidad que sólo él está preparado a enfrentar. Por eso la disposición a cerrar la frontera, al envío de tropas, a lo que sea necesario con tal de mostrar no que se cuenta con la energía suficiente para contener el ingreso de una multitud de desarrapados, sino que está dispuesto a defender —a pesar de las acusaciones de corrupción y la posible colusión con Rusia— los prejuicios que sustenta la América más profunda. La América que —espera— podría salvarlo del juicio de la historia y de la que necesita en la elección de noviembre: mientras más se caliente el tema de los migrantes hondureños, más gana Donald Trump.

Como también gana Manuel Zelaya, al sur. Es poco, en realidad, lo que volteamos al centro del continente: la política en los países centroamericanos influye —y tiene repercusiones— en nuestra política nacional. Zelaya fue electo como presidente de Honduras en 2006 y depuesto en 2009, tras un golpe de Estado producto de sus pretensiones para reformar la Constitución hondureña y poderse reelegir: quien, en su momento, fuera una de las figuras clave del Congreso que lo destituyó, es ahora presidente de la República. Presidente reelecto —además— tras haber logrado las reformas que le costaron el puesto a Zelaya: desde hace unos meses, el discurso del expresidente se ha tornado visceral, sobre todo en los temas de desempleo y migración, que son el punto central de las marchas de los migrantes que, además, son encabezadas por uno de sus alfiles, Bartolo Fuentes, quien presuntamente ha organizado ésta, y otras marchas más, para poner en evidencia los problemas de la administración de Juan Orlando Hernández. Los migrantes salen de su país, sí, por las condiciones que no les permiten prosperar: la marcha que los representa —y que tiene en vilo la relación de los estados de la Norteamérica entera— no tiene como motivo, a nivel interno, sino el rencor de un expresidente contra su principal rival político. Por eso los tenemos en la puerta, y vienen más, como el mismo Manuel Zelaya lo ha anunciado en su estrategia de presión contra el presidente hondureño —y de paso, el norteamericano— actual: “No es asunto de dinero, el éxodo migratorio, EU lo fomenta día a día cuando impone desde 2009 una dictadura cruenta e inhumana, con represión y crímenes militares que impiden la democracia”.

No es asunto de dinero. No es asunto de visas a los trabajadores, de asilo humanitario a quienes —sin duda— lo necesitan. Es un asunto de política, de la lucha que por el poder entablan, a nivel local, dos actores con los objetivos muy claros y otro más que, como es su costumbre, responde sin pensarlo más a cualquier cosa que se le cuestione. Como lo ha dicho antes: “Ustedes no me anden preguntando cosas. Cuando yo digo una cosa fuerte es porque ustedes me preguntan, somos corresponsables, vamos a autolimitarnos todos, vamos a autocontrolarnos, automoderarnos”. Aquí no hay estrategia, hay reacción. Háganle caso, por favor: a cada pregunta corresponde un disparate. Un disparate con el que habrá que apechugar.


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