Un dogal tras las elecciones en Brasil
La asunción incuestionable —casi 11 millones de votos más, sobre el 10% de válidos— de Jair Messias Bolsonaro a la Presidência da República Federativa do Brasil, nuestro gran vecino, es «una realidad que —gústenos o no— atañerá a todos en Bolivia» [“Brasil con Bolsonaro: ¿cómo nos irá?”, El Deber, 04/11/2018].

Saltando los pronósticos iniciales, la derecha “dura” con Jair Bolsonaro obtuvo 46,0% de los votos válidos de la primera vuelta y 55,13% de la segunda —más que los que obtuvo Rousseff en 2014—, dejando perdedora a la izquierda “Foro de São Paulo” a pesar de que para el ballotage Fernando Haddad —y muchos medios internacionales— concitaron el estigma del fascismo para su contrario y recabaron el apoyo de muchas fuerzas políticas entre el centro y la extrema izquierda.

Pero la tendencia iniciada en las municipales de 2016 de contracción del voto al PT y aliados —Haddad obtuvo sólo 16% y perdió la intendência (alcaldía) de São Paulo— se mantiene: el PT ganó 4 gobernaciones en el Nordeste (de PIB bajo a muy bajo) pero perdió Minas Gerais (PIB muy alto) en el Sudeste, que fue uno de sus baluartes; en el Senado pasan de 9 a 6 (sobre 81) y en Diputados de 61 a 56 (sobre 513). En general, los partidos en el centro político (Movimento Democrático Brasileiro, Da Social Democracia Brasileira, Social Democrático, Trabalhista Brasileiro, AVANTE y Verde) bajaron de 38 a 30 senadores y en Diputados de 160 a 118 aunque obtuvieron 8 gobernaciones (y sus candidatos presidenciales sólo alcanzaron el 3,94% de votos válidos entre ambos); la extrema izquierda-izquierda (Partido Socialismo e Liberdade, Comunista do Brasil y Dos Trabalhadores) pasaron de 10 senadores a 6 y de 79 diputados a 75 (en conjunto, alcanzaron 5 gobernaciones); mientras los partidos conservadores (Progressista, Republicano Progressista, Social Cristão, Novo, Social Liberal y Patriota) fueron los ganadores al subir a 12 de 5 senadores antes y a 114 de 71 diputados: el partido de Bolsonaro (PSL) ganó sus primeros 4 senadores y subió de 8 a 52 diputados, convirtiéndose en la segunda fuerza en esa cámara; en gobernaciones, estos partidos ganaron 7, de ellas 3 el PSL.

Sería un craso error obviar cómo nos implica. Compartimos 3.423 km de frontera, permeable en muchos lugares al paso de la droga (boliviana o peruana) hacia Brasil, narcotráfico acusado como causa de la violencia en ese país y cuyo combate —con el de la corrupción— ha sido bandera electoral principal para Bolsonaro. Además, habrá que negociar cómo —y cuánto y a quiénes— continuaremos suministrando gas en Brasil —del actual contrato, dos años más se continuará enviando gas sin cobrarlo porque ya Brasil lo pagó al inicio sin recibirlo, lo que generará graves conflictos por regalías y por IDH—, ahora con su PréSal quitándonos la imprescindiblidad —mientras Vaca Muerta está enterrando al contrato con Argentina.

Otros rubros de ingresos también se afectarán, como la potencial venta de electricidad —por la más barata y cercana generada con el gas de Vaca Muerta— e, incluso, el corredor bioceánico —por otros dos proyectos sin Bolivia: uno ferroviario (en estudio) entre Santos (Brasil), Argentina y Chile y otro carretero (casi completo) desde Mato Grosso (Brasil) por Paraguay, Argentina y Chile, terminando en Iquique y Antofagasta, puertos en pleno funcionamiento (y sin potenciales bloqueos).

Súmenle dos factores más: Bolsonaro es enemigo acérrimo del socialismo 21 y quiere mirar a EEUU y no al MERCOSUR ni sus vecinos.

Será muy «mal ‘socio’ para el oficialismo prorroguista»…


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