¿Demagogia? Sí, con dinero de los contribuyentes
La mayoría de la gente imagina al Gobierno como un gran proveedor de servicios, mercedes, subvenciones y recompensas. Se queja del burocratismo, porque lo padece cuando le toca tramitar alguna engorrosa diligencia, y sabe igualmente de la consustancial ineficiencia de la Administración. Pero, a la hora de extender la mano para pedir —que diga, para exigir—, los estudiantes bloquean avenidas, los campesinos organizan marchas, los maestros hacen huelga durante semanas enteras y los transportistas cierran los accesos a las ciudades.

Vivimos en la sociedad de la protesta callejera, señoras y señores, y no hay día en que la cotidianidad en la capital de todos los mexicanos no se vea perturbada por manifestaciones y algaradas, por no hablar de todos esos activistas que, de plano, acampan de manera prácticamente permanente en las aceras para denunciar esto o lo otro (a quienes terminan por fastidiar es al resto de los ciudadanos pero, en fin, este impulso rebelde pareciera desconocer por principio los derechos de quienes nada tienen que ver en el asunto).

Si echas una mirada al Presupuesto de Egresos de 2019, verás que el dinero que se invertirá en ciertos proyectos proviene de recortes a otros programas. O sea, que es evidente que no hay más recursos, aunque el actual Gobierno sí quisiera gastar más. Y, no tiene más plata doña Hacienda porque no recauda más impuestos, así de simple.

Valeria Moy, en su más reciente artículo en estas páginas, recordaba una frase de Margaret Thatcher: “No hay dinero público; es el de los contribuyentes”. Curiosamente, los pagadores de impuestos, en este país, no cuestionan demasiado la naturaleza redistributiva de nuestro sistema —en los hechos, son quienes financian directamente los subsidios, los programas sociales, las ayudas a los grupos más desfavorecidos, etcétera, etcétera— siendo, al mismo tiempo, que las contraprestaciones que reciben ellos mismos del Gobierno son muy magras: no gozan de servicios médicos adecuados ni de una educación pública de calidad ni de buenos caminos, por no hablar de la seguridad y de la justicia. Pues bien, esperemos, algún día, que los mexicanos se enteren de que la demagogia se viste de dinero ajeno.

Esta columna es publicada con la autorización expresa de su autor.


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