Diga lo que diga
Me quedé helado. Abrí la aplicación de Twitter después de mediodía el 24 de diciembre sólo porque no tenía nada qué hacer, esperaba que se hiciera más tarde para empezar los festejos con comida y un buen vino.

No podía creer lo primero que apareció en mi timeline: la cuenta del periodista, Ciro Gómez Leyva, confirmaba la muerte de Martha Erika Alonso y Rafael Moreno Valle, Gobernadora de Puebla y Senador de la República, respectivamente. Me di prisa para conocer las causas, fue un accidente en el helicóptero en el que viajaban.

Como buen mexicano comencé a crear toda una serie de teorías sobre su muerte; todas, muy seguramente equivocadas. No sé nada de volar helicópteros, no vivo ni remotamente cerca del lugar del accidente y no estuve involucrado en el mantenimiento de la aeronave, ni siquiera sé a ciencia cierta quién pudiera estar interesado en la muerte de estas dos personas (recuerde que la política es un juego de espejos, no caiga en el error de las certezas) pero, como todos, soy proclive a convertirme en experto de cualquier tema cuando algo así de relevante ocurre. No es para menos, esas muertes, ese día, el contexto político inmediato anterior a esos personajes te lleva a preguntas muy delicadas.

Pero, y sin querer presumir de ser muy inteligente, guardé silencio. Porque estos eventos te rebasan, es mejor la prudencia. Para qué hablar entre tanto griterío. En los primeros minutos las redes sociales y los medios de comunicación (muy cortos de personal por la fecha) ya estaban haciendo lo suyo. En muchos casos, las reacciones eran predecibles. En otros pocos, había seriedad. Ni hablar de los ríos de mierda que salieron de la mente de algunos que se esconden en el anonimato y otros que se invisten como diputados.

Lo que es cierto es que el suceso viene en el peor momento para todos: para López Obrador, puesto que, manejado con inteligencia perversa (como esa de la que han hecho gala sus huestes desde 2006 para culpar de todo a Calderón y Peña Nieto), sus adversarios políticos le colgarán la sospecha hasta el fin de su sexenio. No es casualidad el hashtag: #AMLOasesino. Y para México, pues el terrible suceso es la chispa que muy seguramente incendie el pasto seco nacional. Créame, lo que viene no es reconciliación, lo que viene es la guerra sin cuartel.

No sé si en estos momentos el presidente López Obrador se esté preguntando si valió la pena tanta polarización que se convirtió en odio e intolerancia.

Todo lo que envuelve esta tragedia imponderable habrá de herir, diga lo que diga, al presidente de México. Es una terrible herida ¿de muerte? no sé, pero de que sangrará por seis años, sin duda; quizá, sin deberla ni temerla.

Twitter: @adejorge


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