La Madre Tierra, diosa oficial de la 4T
México es un país mayormente católico. No era lo nuestro, lo de Jesucristo y San Pablo, sino un tema de dioses muy crueles, de sacrificios humanos y de rituales obligadamente primitivos. Pero, llegaron los españoles a estos pagos, nos conquistaron y, durante un buen tiempo, se dedicaron a evangelizarnos como Dios manda, destruyendo de paso templos, piedras sacrificiales y cualquier símbolo de las antiguas religiones autóctonas. Durante la época colonial, en lo referente al tema de matar gente para honrar al Altísimo, lo único permitido fue que los verdugos de turno quemaran vivas a personas acusadas de herejía pero los sacerdotes no extraían ya los corazones de niños ni decapitaban a mujeres. El Santo Oficio de la Inquisición, encargado de la tarea de sembrar pavor en la Nueva España, fue abolido definitivamente en 1820 y el Estado laico se instauró plenamente en 1859, durante la Reforma promovida por los liberales.

O sea, que ya no celebramos estrictamente los rituales toltecas, mayas, olmecas, teotihuacanos, totonacas y aztecas sino que vamos a misa los domingos, bautizamos a la prole, conmemoramos la Asunción de la virgen y festejamos la Natividad del Señor. Por ahí, mandamos bendecir la casa recién construida o el local del negocio que vamos a emprender. Estas prácticas solían ser, sin embargo, de naturaleza estrictamente privada porque doña Constitución no reconoce ninguna creencia como religión oficial de la nación mexicana: así, los hombres públicos —los gobernadores, los secretarios, los diputados o el propio presidente de la República— no acostumbraban oficiar ceremonias religiosas, digamos, antes de inaugurar un puente o de que empezara el periodo ordinario de sesiones en nuestro Congreso bicameral. Esto comenzó a cambiar con Vicente Fox, que exhibió un crucifijo el mismísimo día de su toma de posesión como jefe de Estado. Y, desde entonces, muchos otros funcionarios se han permitido ostentar abiertamente su fe católica en distintas ocasiones. Ahora bien, no habíamos visto, hasta ahora, una restauración de los ritos prehispánicos como parte de los procedimientos formales para comenzar una obra pública. ¡Esto sí que es una Cuarta Transformación!

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