2019: ¿Dejamos la culturade la queja?
Cuando van ustedes al dentista, ¿están dispuestos a afrontar el martirio de una endodoncia sin anestesia o dan por descontado que el odontólogo les va a aplicar la consabida inyección? ¿Han imaginado ya cómo era la vida en los siglos pasados, en las épocas en que no había antibióticos, ni vacunas para prevenir la viruela o la poliomielitis, ni agua corriente en la inmensa mayoría de las casas, ni mucho menos luz eléctrica? ¿Cuándo fue que el espejismo de aquellos oscuros tiempos sin higiene y sin sanidad comenzó a parecernos tan espléndido como para desconfiar de los alimentos que consumimos ahora, para condenar los cultivos transgénicos o para rechazar los cuidados de la medicina moderna? ¿Es mínimamente deseable volver a la antigua barbarie, a un mundo de esclavos, de escalofriante brutalidad, de nobles despóticos y plebeyos sin derechos, de guerras descomunalmente absurdas y de nefastas supersticiones?

Es cierto que ocurren espantosas atrocidades ahora mismo —sería el primerísimo argumento de quienes, invocando los horrores que acontecen, se sumarían al coro de difamadores de la modernidad— pero si nos parecen tan escandalosas es precisamente porque nos hemos beneficiado directamente del proceso civilizatorio: lo siniestro no es ya parte consustancial de nuestra normalidad sino una monstruosa excepción.

Cultivamos, sin embargo, una crónica descalificación del progreso y, por lo que parece, estamos muy insatisfechos y descontentos: en estos pagos, nos solazamos en representar un país “hecho pedazos” y desconocemos selectivamente cualquier aspecto positivo de las cosas cuestionando, además, la propia validez de las estadísticas y las informaciones.

Pues, aquí van algunos datos duros, para comenzar este año con una pizca de optimismo: la esperanza de vida ha subido globalmente en el planeta; 83 por cien de la población mundial está alfabetizada (en el s. XVII, apenas nueve de cada 100 individuos sabían leer); hace 200 años, casi todos los habitantes de este mundo vivían en la pobreza extrema (90 por cien) y hoy la relación es exactamente inversa (uno de cada diez). Hay menos guerras y más democracia que en ningún período anterior de la historia… ¡Feliz 2019, amables lectores!

revueltas@mac.com
Esta columna es publicada con la autorización expresa de su autor.


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